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viernes, 10 de mayo de 2019

El diputado Olivares, “con riesgo de vida”


Eso informaron los médicos que lo atienden



¡¡Ven que tienen razón los que dicen eso que, aparentemente, es un dislate!!

Si estás muerto un tiro no te hace nada; en cambio, si estás vivo, te puede perjudicar mucho. Por eso vivir es un riesgo que mejor evitar, ¿entendés, mentecato?

Punto para los médicos del hospital Ramos Mejía y para los que le hacen coro.

lunes, 3 de abril de 2017

Heroísmo - Victor Klemperer


Victor KLEMPERER: “LTI: La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo” (1947)

Klemperer, en su materia, es un equivalente de lo que significa Darwin en ciencias naturales: es la capacidad —en condiciones en las cuales se está exponiendo la vida— de ver cosas minúsculas, u otras que de tan inmensas se hacen invisibles, y registrarlas minuciosa, tercamente, para luego ordenarlas, analizarlas y correlacionarlas hasta descubrir la ley que las une.
Darwin y Klemperer representan la ciencia llevada al plano de la aventura, tal como la definía Whitehead: la conjunción de riesgo físico aceptado junto a audacia del pensamiento.
La humanidad ha sido infinitamente afortunada de que ellos (y sus investigaciones) sobrevivieran a las múltiples asechanzas implícitas en sus búsquedas, peligros que en el caso de Klemperer abarcan cada segundo de su vida desde la adopción de las leyes de sangre por los nazis en 1935 hasta la derrota del Tercer Reich diez años más tarde.
El monumental resultado de aquel esfuerzo es “LTI: La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo” (1947), donde “LTI” (lingua tertii imperii) era un desesperado intento para que en el caso de que alguno de sus apuntes —escritos con letra micrométrica en papelitos varios— fuera descubierto en una requisa, el tema al cual estaban concernidos no quedara declarado explícitamente.
A continuación se transcriben algunos fragmentos del comienzo de la obra, la cual no por rigurosa es menos atrapante. En suma, doblemente recomendable.


Heroísmo
(EN VEZ DE UN PREFACIO)

[…] En el llamado «instituto nocturno» de la Universidad Popular de Dresde y en los debates organizados por la Asociación Cultural junto con la Juventud Libre Alemana, me llamó la atención más de una vez que los jóvenes se aferraran a argumentos del nazismo, con toda inocencia y en un esfuerzo sincero por remediar lagunas y errores de su formación durante todos esos años. Ni siquiera se daban cuenta; los usos lingüísticos heredados de la época anterior los confundían y los seducían. Hablábamos del sentido de la cultura, del humanismo, de la democracia, y yo tenía la impresión de que pronto se haría la luz, de que algo se aclararía en aquellas mentes tan llenas de buena voluntad... y de repente, de forma inevitable, alguien se refería a un comportamiento heroico o a una resistencia heroica o al heroísmo en general. En el preciso instante en que este concepto entraba mínimamente en juego, la claridad desaparecía y volvíamos a meternos de lleno en los nubarrones del nazismo. No solo los jóvenes que acababan de regresar de los campos de batalla y del cautiverio y no se consideraban debidamente tenidos en cuenta y menos aún celebrados, sino también las muchachas que no habían prestado servicio militar: todos ellos estaban totalmente cautivados por esta dudosísima concepción del heroísmo. No cabía la menor duda, desde luego, de que no podía establecerse una relación realmente adecuada con la esencia del humanismo, de la cultura y de la democracia cuando se pensaba de este modo sobre el heroísmo o, mejor dicho, cuando se erraba de este modo al pensar sobre él.
¿Pero en qué contextos se presentó la palabra «heroico», con toda su parentela semántica, a una generación que en 1933 apenas había superado aún la fase del aprendizaje del abecedario? La respuesta sería, sobre todo, que siempre la vieron de uniforme, con tres uniformes diferentes, pero nunca de paisano. […]
Durante doce años, el concepto y el vocabulario propios del heroísmo se aplicaron de manera creciente, más y más exclusiva, a la actitud intrépida de desprecio a la muerte demostrada en alguna acción militar. […]
—Pero, señor profesor, ¡usted realmente no nos hace justicia! A nosotros..., no me refiero a los nazis, que no lo soy. Pero sí estuve en el campo de batalla durante todos estos años, con algunas interrupciones. ¿No es lógico que en tiempos de guerra se hable sobremanera del heroísmo? ¿Y por qué ha de ser falso el heroísmo que se demuestra en tales circunstancias?
—Para el heroísmo no solo se necesita tener coraje y jugarse la vida. Eso lo consiguen cualquier matón y cualquier delincuente. En su origen, el héroe es alguien que realiza actos positivos para la humanidad. Una guerra ofensiva, acompañada, además, de tantas atrocidades como la de Hitler, no tiene nada que ver con el heroísmo.
—Aun así, había entre mis camaradas muchos que no participaron en las atrocidades y que estaban firmemente convencidos, pues nunca se les había dicho otra cosa, de que librábamos una guerra defensiva, aunque atacáramos y conquistáramos, y de que nuestra victoria sería positiva para el mundo. Solo mucho más tarde, demasiado, comprendimos las verdaderas circunstancias. […] ¿Niega usted que hubiera un heroísmo silencioso y auténtico en la época de Hitler?
—En absoluto..., todo lo contrario. La época de Hitler generó el heroísmo más puro, pero en el terreno contrario, por así decirlo. Pienso en los numerosos valientes de los campos de concentración, en los numerosos ilegales intrépidos. Allí, el peligro de muerte y los sufrimientos eran incomparablemente superiores que en el frente, ¡y a ello se sumaba la total ausencia del elemento decorativo! Allí no le esperaba a uno la tantas veces celebrada muerte «en el campo del honor», sino en el mejor de los casos la guillotina. No obstante, a pesar de la ausencia del elemento decorativo y a pesar también de la indudable autenticidad de su heroísmo, estos héroes poseían igualmente algo que los apoyaba y aliviaba en su fuero interno, pues ellos también eran conscientes de pertenecer a un ejército, también creían firmemente y de forma justificada en la victoria última de su causa y podían llevarse a la tumba la convicción orgullosa de que su nombre resucitaría algún día rodeado de una gloria que sería tanto mayor cuanto más infame fuera en esos momentos su asesinato.


“Mucho se habla de extirpar la ideología del fascismo […] pero el nazismo no se introducía por los grandes discursos, sino por las expresiones aisladas, cotidianas, repetidas, mecanizadas, las de todos los días […] Los tópicos, de este modo, acaban por apoderarse de nosotros y piensan por uno.” - V. K. 

 

@juandelsur2

lunes, 27 de junio de 2016

A la Argentina nos la pusieron pobre, escuálida y beoda


¿

Qué es más ruinoso para el país

?

¿Que la selección de AFA no gane una final, o que haya miles y miles de argentinos adultos, escolarizados y con cuentas en internet, que escriban "no te vallas, Messi"?

sábado, 15 de agosto de 2015

Con las palabras masticamos la realidad

 
La reducción del lenguaje estrecha el campo de la visión y reduce el del pensamiento
 
...
Me gusta decir que la lengua es un órgano de la visión porque cuando voy al campo yo solo, y dada mi ignorancia en asuntos relacionados con la naturaleza, apenas veo árboles, pero cuando voy con un amigo experto, además de árboles, veo acacias y chopos y pinos y fresnos y álamos y castañales y robles.
 
La reducción del lenguaje estrecha el campo de la visión y reduce el del pensamiento. Una sociedad que habla mal o que escribe mal no puede pensar bien, aunque tenga los ojos azules y mida 1,80. Digo esto porque, además del triunfo inesperado del esperanto [inglés] y de la pérdida diaria de alguna lengua, uno tiene la impresión de que del mismo modo que cada vez hay menos clases de escarabajos, cada vez se utilizan menos palabras en los idiomas que sobreviven a esta extinción desoladora.
 
Cada palabra que se cae del vocabulario, como cada lengua que se pierde, equivale a la pérdida de una pieza dental. Con esas piezas dentales que llamamos palabras masticamos la realidad para digerirla y comprenderla.
 
Los tractores que esquilmaron impunemente la Amazonía no sólo acabaron con un ecosistema, sino con multitud de lenguas a través de cuya óptica se comprendía la necesidad de mantener intacta esa reserva. Quizá deberíamos comenzar a mostrar en relación a las palabras y a los idiomas la misma preocupación que mostramos por las especies animales o vegetales.
...
 
 

Lengua e incesto

JUAN JOSÉ MILLÁS
15 AGO 2015
 

lunes, 6 de julio de 2015

¿Lanata tiene un problema mental?

 
Sí
 
Hoy, en Lanata Sin Filtro (Radio Mitre), estuvieron dos indígenas formoseños, uno com y el otro de otra etnia. El com se refirió a su pueblo como “com”. No obstante, Lanata se encarnizó en mencionarlo como “cuom”, especialmente al final, cuando metió media docena de “cuom” al hilo.
 
“Mentendés” Lanata ha dialogado varias veces con Félix Díaz, referente de la comunidad com “La Primavera”. En esas conversaciones, varias de las cuales pueden verse en You Tube, Díaz siempre dice “com” y Lanata, impertérrito, le retruca “cuom”.

Seguramente, tiene en su mente cómo escribe él mismo eso que pronuncia “cuom”: pone “qom”, sucesión de grafemas que no tiene sonido alguno en ninguna lengua de la Tierra.

Para muchas personas (echemos un manto de silencio sobre esto) Lanata es inteligentísimo y fuma abajo del agua, de vivo que es. Sin embargo, es incapaz de registrar este simple y reiterado dato de la realidad.

No solo él: al parecer, tampoco nadie de su equipo lo capta, y si lo capta, a) no se atreve a hacerle notar su error; o b) se lo dice, pero Lanata tampoco registra esa observación, y si la registra, se empecina en su disparate.

Saque cada uno sus propias conclusiones.

 

miércoles, 15 de abril de 2015

La concejala de Cultura que no sabía dibujar la “o” ni con un vaso

 

La máxima responsable del área cultural de Valencia era semianalfabeta
 
La concejala de Cultura del Ayuntamiento de Valencia (del Partido Popular), se ha alejado de sus funciones y ha escrito en Facebook un breve agradecimiento en el cual cometió cincuenta y cinco (o más) errores.
No sé si ha quedado claro: la máxima responsable del área cultural de Valencia era semianalfabeta.
En esto hay una parte que concierne puramente a su moral: que sea tan inescrupulosa como para aceptar un puesto que ella debería dejar desierto aunque no hubiera nadie más en el mundo dispuesto a ocuparlo.
Pero hay otros aspectos que no digo que rozan, sino que impactan de lleno en la sociedad, en España, aquí y en todas partes: 1) cómo es que hay personas que poseen certificados educacionales (seguro que esta mujer tendrá algunos) y no tienen ni siquiera los conocimientos que debería haberles proporcionado un tercer grado de la primaria aprobado; 2) cómo un partido bendecido con el voto popular puede, al asignar los cargos públicos, hacerlo con esta intención de bofetada: “¿Cultura quieren?: ¡tomen cultura!”; 3) cómo el electorado vota, y ratifica una y otra vez, a estos delincuentes: la funcionaria en cuestión ostenta veinticuatro años de trayectoria pública.
La moral de la concejala de Cultura es asunto suyo.
Lo demás, asunto nuestro.
 

 

jueves, 8 de enero de 2015

“Qom” y otras travesuras


 
Otra vez con el lenguaje (¡y habrá más!)

Los hombres imaginan que sus mentes tienen el dominio del idioma, pero a menudo sucede que el lenguaje gobierna sus mentes.
Francis Bacon. 


Lanata habla con Félix Díaz —en Youtube hay varios videos— y escucha impávido cómo este pronuncia “com” cada vez que se refiere a su pueblo. Enseguida, cuando interviene, pronuncia claramente “cuom”, para enseñarle a Díaz la forma fonéticamente correcta de designar a esa etnia.
Lo de “cuom” es una consecuencia necesaria de que a algún tilingo se le haya ocurrido escribir, por primera vez, “qom” en lugar de “com” (¡y muchos lo hayan imitado!). ¿“Com” les habrá parecido poco étnico?
Empecemos por ahí. Los grafemas “q” y “o”, escritos juntos, no tienen sonido en ningún idioma de los que se escriben mediante el alfabeto latino. Y tampoco, entre aquellos alfabetos cuya grafía tiene algún parecido con la latina, como el griego, el cirílico ruso o el cirílico búlgaro, en los que la “q” no existe. Obviamente, la grafía “qom” no está tomada del idioma de ese pueblo, porque es una lengua no escrita.
Tampoco el símbolo “q” existe entre los adoptados por la Asociación Fonética Internacional, de todo lo cual queda claro que quien se tropieza con la necesidad de pronunciar la palabra “qom”, cuando la encuentra en un texto, puede decir “mkhd”, “srpfftam” o… “cuom”. Ninguna pronunciación es más legítima que la otra, puesto que esa sucesión de letras, ya está dicho, no tiene sonido.
Pero todo indica que deberemos resignarnos a que este y otros desatinos sean inamovibles, ya que tienen asegurado el favor popular, como todo lo que se desmarca de las legalidades (naturales o culturales), las cuales siempre reclaman — vade retro— coherencia y consistencia en nuestros actos y palabras.
Y díganme, si no, quién ha podido contra “mínimo no imponible” (por “máximo no imponible”, o “mínimo imponible”); “clima” (por “tiempo”, o “condiciones meteorológicas”); “vergonzante” (por “vergonzoso”); “riesgo de vida” (por “riesgo de muerte”); “castigo ejemplificador” (por “… ejemplarizador”); “desaparecidos” (por “secuestrados”, o “víctimas de desaparición forzada”), etcétera.

¿Es más elegante hablar deliberadamente mal?

Para Longobardi, “no aplica” es fino. No hay día que no les enseñe —con deleite, con fruición— que se dice así a sus centenares de miles de oyentes. Se nota que disfruta cuando puede colar un “no aplica”.
Es como cuando la mayoría de los periodistas de espectáculos —espectáculos deportivos, para el caso— dicen “Fulano entrenó hoy normalmente”: ¿a quién entrenó normalmente Fulano, hoy?
“Si hablamos mal no podemos pensar bien”, dijo Dante Panzeri en “Burguesía y gangsterismo en el deporte” (Líbera, 1974). ¿Será por eso que los periodistas le hacen creer a la gente que hablar mal es más elegante?
Rememorando su experiencia en la Guerra Civil española, Orwell escribió sobre el encargado de prensa ruso en Barcelona: "Fue la primera vez que conocí a un hombre cuya profesión fuera mentir, a menos que contemos a los periodistas": la tenía muy clara.
El mecanismo por el cual los periodistas, por un lado, y la gente, por el otro, expelen insensateces, no es el mismo. Estas no se difunden porque las diga Pepe, el jubilado que suele jugar a las bochas en la canchita de la plaza.
Pepe es el último eslabón de una cadena que empieza con los comunicadores sociales.
Y ellos se deben a la tarea de estupidización del público en fondo y forma.
Dice Timothy Garton Ash* que Orwell fue agudamente consciente de que “la corrupción del lenguaje es una parte esencial de la política opresora y explotadora”.
Por ello, comparó la buena prosa, la que no está dirigida a convertir el idioma en un instrumento funcionalmente inseguro, transmisor de tergiversaciones y banalidades, “con un cristal limpio de una ventana. A través de esa ventana, los ciudadanos pueden ver lo que sus gobernantes están haciendo realmente. En este sentido, los escritores políticos deberían ser los limpiacristales de la libertad”.
“No se escucha”, “cortes de luz”, “Plaza de los Dos Congresos”, “el oficio más viejo del mundo”, “pueblos originarios”...
Dale que va.