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jueves, 30 de diciembre de 2010

Gauchos light

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La imponente figura casi llenó la puerta del boliche. Al ver a Paredes bebiendo en el mostrador, bramó:
—¿Usté anda diciendo que anoche nos estuvimos besando en lo oscuro?
Sorprendido, el aludido balbució:
—¿Yo, Muraña? ¿Cómo puede...? ¡Jamás haría eso...! ¡Jamás!
—Entonces, nos han visto —murmuró abatido Muraña, acercándose.
—Bueno, compadre, desde el principio sabíamos que eso podía pasar. Vamos, tómese un trago; tranquilícese.
—¿Qué haremos? ¿Adónde iremos a parar?
—Dicen que lo de Mendiguren se pone bueno a esta hora.
El recio rostro de Muraña se desencajó, y negó, casi sollozando:
—¡No!: ¡con tanta habladuría, tanta incomprensión...!
—Sosiéguese, nos observan, no la complique —Paredes bajó la voz—. Mire, hay un fotógrafo, disimulemos.
—¿Dónde...?—Muraña giró el rostro hacia el salón— ¡Ah!, ¿qué cuenta, amigazo? ¡Sáquenos una foto brindando con este paisano!
—¡Eso! ¡Choquemos los vasos! —apoyó Paredes.
Los gauchos miraron el objetivo y dijeron al unísono:
—¡Felices fiestas para todos!
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martes, 13 de abril de 2010

Una visita relámpago a Bierce

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Tacaño, s. El que indebidamente quiere conservar lo que muchas personas meritorias aspiran a obtener.

Prójimo, s. Aquel a quien nos está ordenado amar como a nosotros mismos, pero que hace todo lo posible para que desobedezcamos.

Filibustero, s. Pirata de poco bordo, cuyas anexiones carecen del mérito santificante de la magnitud.

Política, s. Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado.

Teléfono, s. Invención del demonio que suprime algunas de las ventajas de mantener a distancia a una persona desagradable. [¡Qué hubiera dicho del celular!]

Cristiano, s. El que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina, que responde admirablemente a las necesidades espirituales de su vecino. El que sigue las enseñanzas de Cristo en la medida que no resulten incompatibles con una vida de pecado

Bebé, s. Ser deforme, sin edad, sexo ni condición definidos, notable principalmente por la violencia de las simpatías y antipatías que provoca en los demás, y desprovisto él mismo de sentimientos o emociones. Ha habido bebés famosos, por ejemplo, el pequeño Moisés, cuya aventura entre los juncos indudablemente inspiró a los hierofantes egipcios de siete siglos antes su tonta fábula del niño Osiris, salvado de las aguas sobre una flotante hoja de loto.

Ruido, s. Olor nauseabundo en el oído. Música no domesticada. Principal producto y testimonio probatorio de la civilización.

Audacia, s. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.

Calamidad, s. Recordatorio evidente a inconfundible de que las cosas de esta vida no obedecen a nuestra voluntad. Hay dos clases de calamidades: las desgracias propias y la buena suerte ajena.

Ambrose Bierce (1842-¿1913?), Diccionario del Diablo, Edimat, Madrid, 1998.

domingo, 21 de febrero de 2010

Para piojos, los que llevamos dentro

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Los piojos están en una bolsa que llevamos dentro - Juan José Millás

O sea, qué vergüenza, resulta que estoy en la peluquería comentando con el estilista los incendios de nuestros hospitales y el juicio del de Alcalá 20, cuando observo que Manolo hurga con los dedos entre mi cabellera como si hubiera perdido las tijeras.
—¿Se trata de un masaje nuevo? —le pregunto.
—No, hijo, es que tienes pipis.
—¿Qué es eso de pipis?
—Piojos, corazón, y liendres como huevos de gallina.
Para mí los piojos están asociados a la miseria, de manera que le pido que baje la voz y le digo que cómo voy a tener piojos si me lavo todos los días con un champú de uso diario que él mismo me ha recomendado.
—A los piojos les gustan las cabezas limpias.
En fin, que tengo piojos, que soy un piojoso, vamos. Abro el diccionario y leo que el piojo es un insecto anopluro. Me da miedo buscar anopluro, más por lo de ano que por lo de pluro, pero en un arranque de valor me enfrento a la palabra: "Dícese de los insectos chupadores ápteros que viven como parásitos en muchos vertebrados". Al menos me reconocen como vertebrado.
No digo nada en casa y escondo en la mesilla de noche los champúes especiales que me ha vendido Manolo para despiojarme. Pero, mira por donde, ese día aparece mi hijo con una carta del colegio en la que se nos pide que revisemos atentamente las cabezas de los niños, pues han detectado una invasión de anopluros, normal, por otra parte, en estas fechas. Eso me tranquiliza; mi hijo va a un colegio de pago, de manera que la cosa no puede ser tan grave como había pensado: por un momento tuve la impresión de estar regresando a la infancia.
Llamo a Manolo, le leo, para justificarme, la carta del colegio y me dice que sí, que ya lo sabe, que es normal, y a continuación me cuenta una historia increíble que no es mía, ya digo, es de Manolo; si se me hubiera ocurrido a mí no me atrevería a escribirla: según él, en el otoño y en la primavera las cabezas de los niños de Madrid se llenan de insectos chupadores, porque los fabricantes de champúes antiparasitarios pagan a unos señores muy malos para que vayan a las salidas de los colegios y les echen liendres al tiempo que les acarician la cabeza. O sea, que junto a la figura urbana del malvado que les da caramelitos con droga para aficionarles a la evasión desde pequeños, hay un señor con gabardina que lleva unas cajitas llenas de huevos de piojos, que distribuye entre la población infantil como el que siembra marihuana en la clandestinidad de su azotea. Luego ponen unos cuantos anuncios en la tele y a forrarse.
Yo, insisto, no puedo creerme esto, porque, además, ahora recuerdo que en mi barrio, que estaba lleno de piojos, había una mujer de Cuenca que le explicó a mi madre que los piojos aparecen cuando se rompe la piojera, que es una bolsa que llevamos todos dentro de la cabeza y que está llena de esos bichos ápteros. Cuando te das un golpe o te rascas con más furia de la habitual, se rasga la membrana que los separa del exterior y salen. O sea, que los piojos no vienen de fuera, sino de dentro, como la gripe, que también es una enfermedad del alma.
Paseo por las calles intentando recordar contra qué esquina me he golpeado la cabeza últimamente y al observar toda la miseria que me sale al paso, comprendo que mi vecina tenía razón: todo eso no viene de fuera, sino de lo más profundo de la identidad que nos estamos construyendo, igual que los incendios: la chispa originaria está dentro, en nuestro corazón. Por eso es tan difícil encontrar un culpable.


http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/articuento189.htm

jueves, 17 de diciembre de 2009

A la espera de grandes temporales


En un viejo libro sobre los pescadores de las islas Lo­foten leo lo siguiente: cuando se está a la espera de los grandes temporales, ocurre siempre que algunos pesca­dores amarran sus chalupas en la playa y se dirigen al interior, mientras que otros se hacen rápidamente a la mar. Si las chalupas se hallan en perfectas condiciones, estarán más seguras en alta mar que en la playa. Ade­más, por grandes que sean los temporales, en alta mar es posible salvarlas gracias al arte de la navegación; en la playa, en cambio, son destrozadas hasta por las olas de tempestades pequeñas. Y para sus propietarios em­pie­za, entonces, una vida muy dura.
Bertolt Brecht, Narrativa completa 2 - Relatos 1927-1949,
Alianza Editorial, Madrid, 1989.

sábado, 31 de enero de 2009

Anecdotario borgeano (II)

Gravitación

En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado rápido y, temiendo lo peor, le preguntó: "¿No deberíamos ir más despacio?". "Pero no soy yo —aclaró Borges—, es Newton."

Una radiografía, ahí

Un joven poeta se acerca a Borges en la calle y deja en manos del escritor su primer libro. Borges agradece y le pregunta cuál es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. —"¡Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad!".

Entre generales

Durante la dictadura militar alguien le comenta a Borges que el general Galtieri, presidente de la República en ese momento, ha confesado que una de sus mayores ambiciones es seguir el camino de Perón y parecerse a él. "¡Caramba! —interrumpe Borges—, es imposible imaginarse una aspiración más modesta."

Mal momento

Una tarde, contó Alifano, una mujer lo detuvo mientras cruzaba una calle para preguntarle si él era Borges, a lo que el escritor contestó: "Sí, pero si no nos movemos, dejaré de serlo".

Un siglo flojito

El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente. Ocurre en París, en un estudio de televisión: "¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?", lo interrogan. "Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".

Iguales

Borges y un escritor joven debatiendo sobre literatura y otros temas. El escritor joven le dice: "Y, bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista". Borges contesta: "¿Por qué no? Yo también soy ciego".

Borges, muy poco caballero

En un café de Buenos Aires, Estela Canto, ex pareja de Borges y poseedora del manuscrito de "El Aleph"(cuento que, además, le está dedicado), le confiesa al escritor que piensa vender ese original. Borges no se opone. "Pero voy a esperar a que te mueras —agrega ella— para que valga más." Herido, Borges responde con una frase ambigua: "Si yo fuera un caballero, en este momento iría al baño y se escucharía un tiro..."

Paradoja

En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?" "Ya no —contestó aquél—, nos los comimos a todos."

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(Fuentes diversas.)

viernes, 30 de enero de 2009

Terremoto en el corazón de la soledad

[...]
En el aire había una extraña sensación de anticipación, y me alegré de tener entre manos la tarea de hacer el café para disimular la confusión que se había apoderado de mí repentinamente. Algo iba a suceder de un momento a otro, pero me daba demasiado miedo pensarlo, porque sentía que si me permitía concebir esperanzas, aquello se destruiría antes de tomar forma. Luego Kitty se quedó muy silenciosa, no dijo nada durante veinte o treinta segundos. Continué moviéndome por la cocina, abriendo y cerrando la nevera, sacando tazas y cucharillas, poniendo leche en una jarrita y todo eso. Durante un momento le di la espalda a Kitty y, antes de que me diera plena cuenta de ello, se levantó de la cama y entró en la cocina. Sin decir palabra, se acercó a mí por detrás, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en mi espalda.
—¿Quién es? —dije.
—La mujer dragón —contestó ella—. Ha venido a atraparte.
Le cogí las manos, tratando de no temblar cuando noté la suavidad de su piel.
—Creo que ya me ha atrapado —dije.
Hubo una breve pausa y luego Kitty apretó más sus brazos alrededor de mi cintura.
—Te gusto un poquito, ¿verdad?
—Más que un poquito. Y tú lo sabes. Mucho más que un poquito.
—No sé nada. He esperado demasiado para saber nada.
Toda la escena tenía una cualidad imaginaria. Yo sabia que era real, pero al mismo tiempo era mejor que la realidad, más próxima a una proyección de la realidad que yo deseaba que nada de lo que había experimentado antes. Mis deseos eran muy fuertes, arrolladores de hecho, pero sólo gracias a Kitty tenían la posibilidad de expresarse. Todo dependía de sus respuestas, de sus sutiles incitaciones y de la sabiduría de sus gestos, de su ausencia de vacilación. Kitty no tenía miedo de sí misma y vivía dentro de su cuerpo sin embarazo ni dudas. Tal vez tenía algo que ver con el hecho de ser bailarina, aunque es más probable que fuera al revés. Porque le gustaba su cuerpo, le era posible bailar. Hicimos el amor durante varias horas en la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia. No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me habla acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel. Hubiera sido imposible no enamorarse de ella, imposible no quedar arrebatado por el simple hecho de que estuviera allí.
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(“El Palacio de la Luna”, Paul Auster.)

Único requisito: lealmente

[...]
Borges, más que cualquier otro autor contemporáneo, plantea la cuestión, difícil de abordar para la crítica, del genio literario (hasta tal punto que la crítica académica hasta el 65 —cuando ya estaba escrita casi toda su obra— seguía ignorando su nombre). Borges es, a la vez, el modelo de un tipo de literatura precisa, o más aún, eximia, libresca, que se inspira en las tradiciones literarias y tiene ambición universal. Uno por uno, todos estos rasgos provocan aversión o fastidio en algunos de los nuevos grupos literarios. Enrolados en la teoría del "rendimiento decreciente", según la cual, como es cada vez más difícil escribir grandes obras, mejor ni siquiera intentarlo, o bien en la también novísima y consoladora idea de que escribir "mal" está bien y escribir bien está mal, la figura de Borges es un recordatorio molesto de que el talento no sea quizá, como suponen, tan democrático, ni una cuestión de lobbies académicos que pueden a discreción alzar o bajar pulgares. Para algunos irritación, para otros estímulo, Borges nos recuerda en cada relectura que el genio literario existe y pudo hablar en argentino.
¿Quiere decir esto que a Borges no se lo puede criticar? Muy por el contrario. La contracara de estas lecturas enconadas y mezquinas es lo que Saer ha dado en llamar el fenómeno de "religiosidad popular" en torno a Borges, en que se lee su obra como los cabalistas leen la Biblia, creyendo que todas las perfecciones están allí, y que si no las vemos es porque no hemos pensado lo suficiente, o no tenemos el grado de fe necesario. Que nada sobra, que nada falta, que todo tiene una razón de ser. Que no puede haber error y que estamos ante la summa literaria. Borges ha escrito en su famoso ensayo "Sobre los clásicos" que clásico es aquel autor que los pueblos o naciones "han decidido leer con previo fervor y una misteriosa lealtad". Veinte años después él mismo se ha convertido en clásico. Quizá llegue ahora el turno de que se lo lea sin previo fervor, sin previo rencor. Sólo con lealtad.
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(Una misteriosa lealtad, por Guillermo Martínez, “La Nación”, 11 de junio de 2006.)

jueves, 22 de enero de 2009

Anecdotario borgeano (I)

Aunque se comenta que también es autor de una respetable obra literaria, Borges es universalmente conocido por su copioso anecdotario. Aquí, algunos ejemplos, verídicos o no:

Para empezar, afeitarse

Biológicamente, físicamente me gusta el frío. En el verano me siento como una especie de canalla, realmente; en cambio, en invierno, me siento como una persona decente. Es como estar afeitado o no estar afeitado, ¿no? Cuando uno no está afeitado se siente como una especie de vagabundo. La persona afeitada ya puede aspirar al honor, al decoro, quizás a la inteligencia, también.

Borges y los boqueteros

Cuando en 1976 robaron con ese sistema la sucursal de Plaza San Martín del Banco Galicia, donde tenía una caja Borges, el banco lo citó para que verificara qué había pasado con ella. A la salida los periodistas lo asediaron: "Borges, Borges, ¿usted ha sido perjudicado? Y el contestó: "No he sido perjudicado, pero tampoco he sido beneficiado".

Reversión de la perspectiva

Borges estaba en la Galería del Este con Bioy firmando ejemplares de sus libros. Ya cansado de deslizar una y otra vez su lapicera sobre las portadillas, le dijo a su amigo: ¿Te imaginás lo que va a valer un libro nuestro sin la firma? Hemos firmado tantos...

¿Fiestas?

Y, la gente obra como si se fuera a terminar el mundo al final de cada año. Es una ilusión colectiva que se fomenta, a veces, o casi siempre, con fines comerciales, y en realidad no pasa nada. De Quincey decía que toda fiesta pública es triste, ya que la gente está obligada a celebrarla por tratarse de una fecha determinada. Yo creo que la felicidad es un fin en sí mismo más allá de toda celebración. La alegría tampoco es cuestión de brindis o de fuegos de artificio.

Borges, cabulero

¿Supersticioso? Lo soy. Muchísimo. El número 4 me trae una mala suerte tremenda. ¿Sabía que en Japón es sinónimo de muerte? Prefiero el 3 o el 5. Es más, para mayor seguridad, el 2 o el 6.

Hombres groseros

Esta mañana me llamaron dos señores que querían entrevistarme. Uno es un tal "Cacho" Fontana; el otro, un doctor "Borocotó Jr.". Yo les dije que no. ¡Cómo voy a aceptar que me entreviste alguien que se inflige públicamente esos apodos! Es más o menos como si yo me hiciera llamar "Pepe Borges" o "Coco Borges"... Son nombres groseros, ridículos para personas mayores de edad.

Genealogía

Una señora lo elogia a Borges:
—Todos sus ascendientes ilustres deben estar orgullosos de usted, señor Borges.
—No creo que se vea mucho desde el cementerio de La Recoleta —la interrumpe el escritor.
La señora insiste en la "vasta ascendencia ilustre". Borges la decepciona diciéndole:
—Bueno, todo mi árbol genealógico se desmoronaría con una sola infidelidad.
La señora sucumbe y calla.

Muchos años

El Premio Nobel a García Márquez lo sorprendió a Borges gestionando el pasaporte en el Departamento de Policía. Allí nos enteramos que García Márquez había sido galardonado con el Nobel de Literatura. Los periodistas acreditados en el Departamento de Policía se lanzaron sobre Borges para hacerle preguntas. "Yo pienso que es un excelente escritor —comentaba Borges—. ‘Cien años de soledad’ es una gran novela, aunque creo que tiene cincuenta años de más..."

Un mazorquero cariñoso

El trámite del pasaporte fue resuelto en poco tiempo y con comodidad. Ya en la calle a pocos pasos de la salida del Departamento de Policía, nos enfrentamos con un hombre joven, robusto, vestido con ropa deportiva y un bolso en la mano.
—Soy el sargento fulano de tal —se presentó—. ¿El señor es Jorge Luis Borges?
—Bueno, creo que sí, señor —respondió Borges.
—Maestro —dijo el sargento con voz firme—, yo lo sigo en todos los reportajes que le hacen en televisión y revistas. No lo he leído, debo confesarlo, pero siento una gran admiración por usted y quisiera besarlo.
Borges, sorprendido, asintió con la cabeza y el sargento lo besó tiernamente en la mejilla. Cuando el otro había partido, Borges, que aún permanecía inmóvil tomado de mi brazo, me dio un golpecito con el codo y comentó:
—¡Caramba, un mazorquero cariñoso!

Imitadores

Los imitadores son siempre superiores a los maestros. Lo hacen mejor, de un modo más inteligente, con más tranquilidad. Tanto que yo, ahora, cuando escribo, trato de no parecerme a Borges, porque ya hay mucha gente que lo hace mejor que yo.

Una, aunque sea

En una librería de Buenos Aires le presentan a Federico Manuel Peralta Ramos.
—¿Y usted a qué se dedica? —le pregunta Borges.
—Yo soy poeta, escultor, pintor, filósofo, actor... —le responde el vasto Peralta Ramos.
—¡Caramba! —interrumpe Borges—. ¡Cómo me gustaría a mí ser alguna de esas cosas!

Sabe todo, pero...

Hablábamos con Borges de George Bernard Shaw. Borges recordó una frase muy graciosa del escritor referida a un latoso personaje que lo acosaba con sus conocimientos. "Sí, es cierto —dijo Bernard Shaw al referirse a él—, el doctor Fulano lo sabe todo, pero es lo único que sabe."

Motivos para el suicidio

—¡Qué lástima que Lugones se suicidó antes de haber concluido su biografía del general Roca, de la que ya había escrito la mitad! —le comenta a Borges una señora.
—Bueno, yo creo que empezar a escribir esa biografía es suficiente motivo para llegar al suicidio —responde Borges.

Demasiada economía

En una conversación, Borges le pregunta a su interlocutor:
—¿Usted es creyente?
—Sí, señor, por supuesto.
—¿Y cree en un solo Dios?
—Sí, señor, soy monoteísta, soy católico.
—Bueno, eso no está mal —comenta Borges—. Pero creer en un solo Dios me parece una miseria. Habiendo tantos dioses creer en uno solo es un exceso de economía.

Vicios

No bebo, no fumo, como poco. Mis únicos vicios son la Enciclopedia Británica y no leer a Enrique Larreta.
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(De “En torno a Borges”, de Justo Molachino y Jorge Mejía Prieto, y “Borges, biografía verbal”, de Roberto Alifano.)