martes, 12 de enero de 2010

Mí, Guaicaipuro Cuatémoc; tú, Jane

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Luis Britto García, caraqueño nacido en 1940, humorista, cuentista, periodista, dramaturgo y bon vivant, escribió un simulacro de discurso-carta de un supuesto cacique indígena latinoamericano y lo tituló "Guaicaipuro Cuauhtémoc cobra la deuda a Europa". Aparentemente, el texto fue publicado por primera vez en “El Nacional” de Caracas en 1990, pero en internet hay quien jura haberlo leído ya en 1984.
Es lo de menos: Britto García creó un personaje para poner en sus labios una doctrina que se opusiera a la interesada creencia de que los países que han sido víctimas de la expoliación y el genocidio, encima están endeudados hasta el cuello con sus victimarios.
Britto García no quiso hacer un fraude; sembró el texto de incongruencias antropológicas, históricas, idiomáticas y lógicas, para que los lectores no tomaran en serio la existencia real del cacique, pero meditaran sobre sus argumentos. Esto es evidente desde el mismo nombre del personaje: en ninguna etnia se bautizaría a uno de los suyos con un nombre ajeno, desconocido y sin significado en su propia tradición, como es el caso del caribe “Guaicaipuro” con el mexica o azteca “Cuatémoc” o “Cuauhtémoc”, o cualquiera de las otras diez formas en que se lo encuentra escrito. Algo así —pero menos factible— como si hubiera decidido llamar a su personaje Timothy Appicciafuoco.
Y, antes de lanzarse de lleno a exponer sus razones, el autor deja las cosas aun más en claro con su introducción tarzanesca: “el hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa” (en lugar de “pasaporte”), pero, seguidamente el supuesto “primitivo” se revela conocedor de la Biblia (“una deuda contraída por Judas”), se descubre como investigador del Archivo de Indias (“papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, sólo entre el año de 1503 y el de 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América”), un experto en finanzas (“moratoria”, “rentas líquidas”, “tasas flotantes de interés”) y un atento lector de Milton Friedman. Además, Britto García dejó en la más absoluta vaguedad los datos del supuesto encuentro del más alto nivel: fecha, tipo, protagonistas.
Todo en vano: ya un conocido director se quejó de que, por no poner en su filme cartelitos (“asesino”, “víctimas”), el público aplaudía cuanto tenía que llorar, y viceversa. Así que a quienes les calza bien el discurso de Guaicaipuro pasan por alto todas estas pistas y se abrazan a ese discurso como si el que sea pronunciado por un cacique le diera una mayor irrebatibilidad. Por ejemplo, a mí me ha llegado varias veces, de parte de gente absolutamente convencida de su autenticidad, y en internet son miles los sitios que lo reproducen sin hacerse cargo de su condición de simulacro. Y, es más, le agregan datos como para afirmar su legitimidad, llegándose al caso de un sitio que lo ilustra con una foto del supuesto cacique: un piel roja onda tribu dakota.
No voy a enumerar los sitios que incurren en esta irresponsabilidad, pero hay algunos a los que preferiría no ver envueltos en este mamarracho. Pero donde eso es inadmisible y escandaloso es en Aporrea, un sitio venezolano que no debiera ignorar las andanzas de su compatriota, y que se jacta de poner la verdad revolucionaria por encima de todo: la mentira nunca es revolucionaria, señores de Aporrea.
A veces, la única defensa que tenemos contra la mentira es el criterio. Los que carecen de criterio están indefensos: si algo viene avalado por una autoridad que reconocen, se lo tragan sin masticar. Y, también, si sintoniza con su deseo: ¡ah, si es algo que va en su misma dirección, allí le dan un recio empujón para que vaya por delante, sin analizar de qué se trata!
¡Pobrecitos!
Nosotros, digo: los que tenemos que vivir en el mundo que hace esta gente.

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