jueves, 11 de diciembre de 2008

Así nos va

Es la tercera vez que, a lo largo de algunos meses, recibo el mensaje cuyo texto reproduzco más abajo. Seguramente vos también lo has recibido, y si no es así, no cantes victoria: ya te tocará. Entre que, fuera de toda necesidad, lo envían como PPS, y que me llega como adjunto de sucesivos correos, pesa 80 KB, siendo que el texto en sí tiene un tamaño de 2 KB. Cuarenta veces más liviano, cuarenta veces menos dinero que iría a parar a los pulpos que hegemonizan el tráfico de Internet, cuarenta veces menos tiempo de conexión, cuarenta veces menos basura saturando la red.
Es de notar que en la MAYORÍA de los casos en que además de la dirección de las cuentas de remitentes y destinatarios figura el nombre del titular, éste está escrito vulnerando las normas de la gramática: conclusión, la mayoría no sabe ni siquiera escribir correctamente su propio nombre. Esto, que habitualmente se dice como exageración ("no sabe ni escribir su nombre") es aquí pesada y sombría realidad. Porque personas tan poco rigurosas al hacer una cosa tan simple como escribir su propio nombre es imposible que usen ese rigor cuando se trata de esforzar la inteligencia, de ejercer el pensamiento crítico.
Así nos va.

Este es el texto:

¡Muestra de moralidad!

Sucedió en un vuelo de la British Airways entre Johanesburgo y Londres.
Un señor negro es conducido por la azafata al asiento contiguo al de una señora blanca, de unos cincuenta años. La señora, alterada, llama a gritos a la azafata cuando ésta se está alejando.
—¿Cuál es el problema? —pregunta la azafata.
—¿No lo está viendo? —responde la señora—. ¡Me ha colocado un negro al lado! No puedo estar junto a esta gentuza. ¡Déme otro asiento!
—Por favor, señora, cálmese —dice la azafata—. Casi todas las plazas de este vuelo están ocupadas. Voy a ver si hay algún lugar disponible.
La azafata vuelve algunos minutos después.
—Señora, como sospechaba, no hay plazas libres en clase turista. He hablado con el comandante y me confirmó que no hay más plazas en “business”. Pero aún queda un lugar en primera clase.
Antes de que la señora pueda hacer algún comentario, la azafata continúa:
—Resulta excepcional que la compañía conceda un asiento de primera clase a un pasajero de clase turista, pero dadas las circunstancias, el comandante considera que sería escandaloso obligarle a sentarse al lado de una persona tan detestable.
Y dirigiéndose al negro, la azafata añade:
—Por lo tanto señor, si fuera tan amable, recoja sus pertenencias que el asiento en primera clase le espera.
“Y todos los pasajeros que presenciaban la escena asombrados, se levantaron y aplaudieron.”
Día Mundial Contra la Discriminación Racial.
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FIN DEL ENVÍO QUE RECIBÍ (bueno, lo tuve que corregir, porque venía escrito en el castellano que se habla en los Balcanes). ¿Lo leíste bien? Es decir, ¿lo leíste con toda atención, y poniendo en juego todo lo que sos y sabés? ¿Estás seguro/a de que entendés lo que pasa en esa escena? Bueno, te felicito: has hecho algo que los imbéciles que lo difunden seguro que no hicieron. O sí, en cuyo caso son unos racistas fanáticos. Porque bajo el disfraz de combatir la “discriminación” (así le llaman ellos a la subestimación, la segregación, el menosprecio y el prejuicio), presentan al negro como un homínido estuporoso, inerte y sumiso, que no realiza ni un gesto ni dice una palabra en toda la acción. Todos hacen o dicen algo: la pasajera, la azafata, el capitán y los demás pasajeros (que rubrican con aplausos la operatividad de la tripulación). El negro —insultado, agredido, afrentado—, nada. Bueno: ¡si los negros fueran así como los pinta esta canallada, tendría razón la pasajera! Porque eso no es una persona, es un incapaz, un semoviente, algo sobre cuyo destino todos los demás opinan y deciden, y que éste acata mansamente.

Así como está planteada esta historia, es obvio que para el silente antropoide la situación no ha terminado, porque lleva en sí una condición que adonde vaya lo coloca en un rango de inferioridad. Por eso me he permitido prolongar el cuento siguiendo la lógica de su planteo.
Habíamos quedado en que el negro toma sus bártulos y sigue dócilmente a la azafata. Pero, previsiblemente, en la primera clase no tienen una disposición tan pacífica como la señora de la clase turista, y en cuanto la benefactora y su mascota se aproximan al asiento desocupado, quien está en la butaca vecina prorrumpe en gritos:
—¡Eh!, ¿qué está por hacer? ¡Usted me dijo que iba a traer un pasajero, no un negro! ¡Llévese eso de aquí inmediatamente!
—¡Pero, señor —intenta explicarse la auxiliar—, éste es el único lugar disponible, y ya hubo un conflicto donde este pasajero estaba!
—¿Y a mí, qué me dice? ¡Esos problemas deberían pensarlos antes de despachar un avión! ¡Hágame el favor, saque a ese mono de aquí de inmediato o me quejaré al presidente de la compañía!
“¡Sí, sí, fuera!”, gritan los demás pasajeros mientras le arrojan las almohaditas, diarios, folletos y bolsas para vómitos al negro, que está paralizado por el susto y con los ojos inmensamente abiertos. “¡Que se vuelva al África!” “¡Arrójenlo del avión!”, son otras de las imprecaciones que pueden entenderse en medio del batifondo de alaridos y pataleos.
—¡Venga, no se quede ahí, no me complique más la vida! —la azafata toma al negro del brazo y prácticamente lo arrastra fuera de la primera clase, hasta el lobby de servicios, donde lo introduce tras de sí. Los gritos de “bembón”, “sucio”, “nigger” aún se oyen sonoramente después de que la mujer ha cerrado la puerta.
—¡Mire —le dice respirando agitadamente y sacudiendo la mano con el índice extendido ante la cara del aturdido pasajero—, ya ve que he hecho todo lo posible! ¡Pero usted no ayuda nada, con ese color negro tan retinto que tiene! No me deja otra alternativa; si por mí fuera lo haría viajar en el compartimiento de cargas, pero como están las cosas los pasajeros lo sospecharán y no van a aceptar que usted pueda husmear en sus equipajes, ¡y Dios me libre si llegara a faltar algo!
La azafata se pone a rebuscar en unos gabinetes, de espaldas al catatónico negro, mientras sigue hablando, casi como para sí misma:
—Yo lo haría viajar acá, pero va contra las normas y la que va a terminar pagando el pato soy yo, así que lo voy a llevar a una de las cavidades donde se repliega el tren de aterrizaje —la mujer encuentra lo que busca y se vuelve—. Ahí hace bastante frío. Le voy a dar esta mantita; están contadas, pero ya me las apañaré —y se emociona con su propia misericordia. Hace un esfuerzo, se recompone y, admonizando de nuevo al negro con el dedo levantado, le dice con severidad:
—¡La escotilla sólo se puede abrir desde el lado de acá, así que no se moleste en fantasear ninguna idea extraña! ¡Y ojo con caerse cuando baje el tren de aterrizaje, porque podría ir derecho a penetrar en una de las turbinas de cola y causar un problema mayor, todavía!
Y así, pasivamente, el estuporoso negro se deja conducir a su ineluctable destino.

1 comentario:

ah? dijo...

Conozco la anécdota, pero a mi me dijeron que lo que aconteció luego fue lo siguiente: Al final terminaron todos en primera clase, incluso la desagradable señora porque antes de despegar, una agencia de inteligencia, les informó que había un grupo de terroristas a bordo que pensaban tomar a todos de rehenes. Obviamente, para impedir que los pasajeros compartan asiento con gente tan ruda y desconsiderada, los pasaron a todos a primera dejando solo a esos bárbaros en clase turista.
Claro que los problemas no acaban ahí: al mover a la señora a primera clase ¿A que no saben dónde fue a parar? ¡Pero claro, Al lado del negro! Lo que ocasionó una nueva rabieta de la intolerante mujer. Al final se decidió que el negro viaje en la cabina. Incluso le permitieron sentarse en las faldas del capitán, quien le prestó su gorra y le permitió subir los trenes de aterrizaje y tocarles bocina a las palomas. El negro, por fin, fue feliz.

Pedro del Oeste.