martes, 22 de septiembre de 2015

Sobre si podemos saber, o no, si Tévez actuó con mala leche


Caso Tévez: metáfora de si está a nuestro alcance saber cómo funciona el mundo

Tévez ha encontrado en los medios, tanto gráficos como de aire, una legión de defensores voluntarios, que apelan a toda clase de argumentos para negar lo que ve en los videos que muestran su agresión contra Ham.
Desde los que exculpan al “jugador del pueblo” porque no tiene antecedentes de fracturador serial (con lo cual habría que dejar en libertad a todos los que cometen su primer asesinato), hasta los más centrados en el hecho en sí, que afirman que fue al choque sin mala intención, o con la intención de “aplicarle un correctivo” —onda Juan Cabandié— al rival, pero no de ocasionarle una triple fractura.
Determinar qué pasaba por la cabeza de Tévez durante la secuencia de esa jugada —cuál era su intención, si tuvo o no “mala leche”— sería imposible si los videos llegaran solamente hasta el momento en que la suela de su botín derecho destruye la pierna de Ham.

 
 
Tévez pone la plancha, ve y oye cómo quiebra al rival. Hasta ahí no conocemos su intención.
Pero la filmación sigue y expone que el microcéfalo cree que si continúa la jugada y se va sin mirar atrás, con ello demuestra que es tan inocente que ni siquiera sospecha que ha pasado algo terrible.
Cuando es exactamente al revés. ¿Cómo que —según dicen los mamporreros de los medios— si "el jugador es mala leche solo él lo sabe"?
Todos podemos saberlo, si tenemos una idea aproximada de cómo funciona la realidad y usamos aunque sea unas poquitas de nuestras neuronas.
Pongamos un palo de escoba parado contra la pared, con la parte inferior un poco separada de ella.
Ahora, partámoslo con un planchazo de nuestro pie: ¿nos damos cuenta de que lo hemos quebrado, o no?
¿Oímos el ruido, o no?
¿Y si en vez de un palo fuera una persona que emitiera un grito desgarrador, como Ham, nos preocuparíamos, o no?
El cerebro de ameba de Tévez, que vio y oyó todo esto, pensó que el mejor medio de simular inocencia era ignorar estos hechos... cuando, si no hubiera sido mala leche, habría interrumpido la jugada, se habría desesperado, habría acudido al lado del herido, habría llamado a los médicos a gritos, etcétera.
Pero es un minusválido mental, y su nula inteligencia le indicó una actitud con la cual no hizo sino firmar su culpabilidad dolosa.
Su mala leche.
Por supuesto, en el lienzo del drama argentino lo de Tévez, en sí, es un hecho irrelevante.
Lo que no es irrelevante es saber si los ciudadanos podemos descubrir las intenciones de los políticos y demás personajes gravitantes en los sectores del poder —político, económico, mediático, etcétera—; si tenemos, o no, elementos para penetrar en sus mentes, para conocer sus designios.
La respuesta es ¡por supuesto que sí!
Y tenemos más información que sobre el caso Tévez: conocemos los pedigrís de todos ellos, sus historias, sus fortunas, sus intereses, y los de sus organizaciones.
Antes de tomar decisiones vitales siempre debemos echar mano a esa información y procesarla con las neuronas que nos queden.
Como decía Brecht, tenemos que revisar cuidadosamente la cuenta. Porque la vamos a pagar nosotros.
 

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