sábado, 28 de julio de 2012

Alfred Big: El macartismo será serio, o no será


De casa al trabajo, y del trabajo al macartismo

El macartismo será serio, o no será.
Alfred Big.
 

Sabemos que Evita prometió, “virilmente”, no dejar en pie ningún ladrillo que no sea macartista. Ella no dijo “macartista”, sino “peronista”, pero quien conoce el origen, los fines y la trayectoria del peronismo sabe que ambas palabras son inseparables. No dije intercambiables —aunque ganas no me faltaron— porque el peronismo es otras cosas más, aparte de macartista.

En su última nota, cuyo principio reproduzco, Alfredo Grande se refiere al macartismo: al delirante, específicamente. Que está mal: nos contamina de desproporción, de anomalía. Pero si hay un macartismo delirante habrá, ¡seguro que sí!, un macartismo juicioso, serio. Un macartismo ejercido en su medida y armoniosamente. En efecto, Grande nos ha recordado muchas veces la existencia del legado, donde, ¡quién puede ignorar la omnipresencia del macartismo! (pero del bueno).

Pero el tema de estas líneas no es ese, sino la mala fe. La mala fe de Grande. Porque el facsímil que copio a continuación, luego de los aforismos tiene una parte encomillada que empieza en “La derecha...” y termina en “...Perosio.”. Y, pegadito, lo que parece la firma de ese texto: “Psicólogos...”, etcétera. Veamos:




Grande reproduce parcialmente una nota de pepe.free*, sin indicarlo, y la corta cuando este inserta la lista de los psicólogos y estudiantes de psicología víctimas del terrorismo de Estado. En el original, pepe.free deja un blanco entre “...Perosio.” y el título de la lista, espacio que Grande suprime con resultado paradójico: los asesinados aparecen como firmantes del relato de su propio exterminio. Lo cual no es algo que ni a Grande ni a sus lectores y divulgadores quite el sueño. ¿Dónde están los que leen y piensan y meditan sobre lo que están leyendo? No hay. No me quedaron. No me vino el proveedor. Dése una vueltita la semana que viene.

Lo que es motivo de conjetura, es por qué Grande produjo esas mutilaciones intencionadas. Sospecho que es porque pepe.free y www.elortiba.org, de donde pepe sacó los datos, son sitios furiosamente kirchneristas, y Grande no quiso quedar pegado a ellos porque trabaja ya en el próximo reciclamiento del peronismo.

Pero una cosa es Grande, y otra sus lectores: son las 19.50 del viernes 27 de julio; ha pasado casi un día y medio de la publicación de “Manicomios...” y ninguno observa sus inconsistencias: así se lee.

Y no en la Argentina, solamente. Pocos leen para intranquilizarse, para problematizarse, para pensar cómo hacemos para cambiar. La mayoría quiere sumirse en el arrorró de las palabras que confirmen sus prejuicios.

Grande no escribe para los que quieren saber, sino para los que anhelan mecerse en líquido amniótico. 

Y lo logra: satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero.

*http://pepefree.blogspot.com.ar/2012/05/la-derecha-peronista-y-el-macartismo.html


martes, 24 de julio de 2012

Señora viuda, dos hijos: su salud mental



 —¿Qué edad tenés?
—Veintiuno.
—¡Qué chiquita que sos, por dios!
(Bueno, no es tan chiquita como para invocar a Dios ante tamaño milagro. Sin ir más lejos, yo mismo conozco a dos o tres personas aún más jóvenes.)
—Contame: qué hacés.
—Trabajo en la máquina de pomos, en la cinta... van cayendo y yo los pongo en los estuches.
...
—Hola, Gustavo, ¿vos qué hacés? Contame.
—Soy operario de la máquina llenadora de pomos...
—O sea, le llenás el pomo a Yanina… ¡está bueno, ja ja ja!
—...los que las chicas después estuchan.

El problema no es que alguien haya hecho un comentario desubicado, porque a cualquiera le pasa alguna vez decir algo impropio, y la señora que les cuento, en ese sentido, tiene la desventaja de que al abusar de la difusión pública de cuanto dice esos resbalones quedan registrados.
Tampoco es desusado decir “me la dejó picando, ¿qué querías que hiciera?”, cuando metimos una broma que calzaba justo en el diálogo, pero no en la circunstancia.
Pero sí importan otras cosas. Una, el contenido del comentario, su anclaje en la realidad: ¿qué “pomo” le puede llenar Gustavo a Yanina? ¿Tiene un “pomo” Yanina? El mecanismo del chiste es imperfecto porque, hasta donde sabemos, no es posible que Gustavo le llene pomo alguno a Yanina: no se imponía, no había “quedado picando”.
Dos: además, esa broma de una intención sexual tan grosera es inapropiada si es dirigida a dos personas que son simplemente compañeras de trabajo: tendrá consecuencias incómodas en su ámbito de labor, las cuales pueden ser aún peores en el medio familiar o afectivo de ambos.
Esta falta de respeto de decirle públicamente cualquier cosa a los “inferiores”, propia de dueño de estancia intocable, es una característica que se acentúa día a día en la señora a la cual me refiero.
“Dale, dale, sigamos que nadie se dio cuenta, ja ja ja.”
No es así: algunos nos venimos dando cuenta. Y no nos da risa.



sábado, 21 de julio de 2012

Todos y todas: aflojen otros pesitos

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Desde hace pocos días está en los kioscos (y de ahí no se mueve) un refrito de “La Vanguardia”, publicado por unos muchachos con sólido$ lazos con el poder. Su aparición fue saludada por la revista “El Guardián”, de Raúl Moneta, y otros medios periodísticos independientes, como “Tiempo Argentino” y la revista “Veintitrés”.
Como de una forma u otra esa publicación —y las demás oficialistas— la pagamos todos, me parece necesario dar a conocer esta noticia, para que no se diga que no se sabe en qué gasta la plata el gobierno.

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“Veintitrés”, 13 de julio de 2012, pág. 16. Nótese el simpático
gesto de indicar el signo astrológico
del “dirigente socialista”.

Es preferible confiar en que los manes de Juan B. Justo desaparecieron junto con él. Porque si llegara a enterarse de que, según “Veintitrés”, “la nueva edición estará a cargo de sus editores históricos y de que él fundó "La Vanguardiaen 1984, le dan más o menos 236 patatús seguidos.
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miércoles, 18 de julio de 2012

En favor de la discriminación

El poder de las palabras
 
“La Unión Europea tiene la intención de luchar contra la discriminación por razones de sexo, raza, origen étnico, religión y creencias, minusvalías, edad o tendencias sexuales”, dice en su último número “Pizarras y Pizarrones” *. Y presenta como prueba este dibujo —extraído de un folleto de la Unión Europea— destinado “a estimular la reflexión y el debate sobre el racismo”:

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Verdaderamente, es incomprensible que se publique algo de tan extrema superficialidad: ¡por supuesto que toda apreciación depende de la situación y las circunstancias! A mí pueden resultarme muy placenteros unos días de campamento, viviendo en carpa con toda la precariedad del caso, pero no me gustaría continuar toda la vida así.

Este cómic tan pueril no es útil para "estimular la reflexión y el debate sobre el racismo", pero sí estimula a reflexionar sobre la estupidez y la tilinguería.

Aunque es posible que la Unión Europea y “Pizarras y Pizarrones” publiquen semejante bobada como un test, para ver si los lectores están atentos, si piensan críticamente. Si piensan, bah.

Tiempo perdido, señoras y señores. Una ínfima, insignificante porción de la humanidad piensa (hacia este tema debieran orientarse toda la atención y todas las acciones de quienes queremos una vida mejor y más justa, porque por esa causa el mundo está como está: si las mayorías pensaran —y actuaran en consecuencia— no se dejarían oprimir por las minorías privilegiadas).

Si una persona considera políticamente correcto pronunciarse contra el “racismo” (ya se verá el porqué de estas comillas), y sigue con placer una serie como “¿Racista yo?”, que aparece en “Pizarras y Pizarrones”, ya está predispuesta para que cada entrega renueve su satisfacción, su confort mental. No la analizará; basta la sola enunciación del propósito de la columna para que la dé por útil, para que la reenvíe a sus contactos, etcétera.

Exactamente lo mismo pasa con la firma que refrenda un texto o un dibujo: varias veces me ha correspondido en los últimos tiempos desmontar las canalladas suscriptas por firmas que son “prestigiosas” en los ambientes de izquierda o afines.

Y ahora voy a lo de “racismo”: en ninguna parte del dibujo hay expresión de racismo. “Racismo” es proclamar la superioridad biológica del propio pueblo o raza respecto de otros pueblos o razas supuestamente desfavorecidos en el reparto de virtudes. El señor Xeno (“extranjero”, en griego: ¡qué cerebro desfavorecido, el del autor!) en ningún momento se expresa acerca de la inferioridad de los semitas o los árabes: no hay racismo.

Quienes adulteran el significado de las palabras son reaccionarios: quieren que no podamos pensar el mundo para que no podamos transformarlo. Hacen un matete de todo. Están en contra de que seamos capaces de distinguir, de discriminar. Han logrado, por ejemplo, que esta última palabra, “discriminar”, se transforme en expresión de una actividad negativa, siendo que es una facultad del cerebro del ser humano, y también una aptitud de los cerebros de los animales superiores, e incluso de los protosistemas nerviosos de las especies más elementales del reino animal. Si no pudiéramos discriminar no podríamos elegir. Seríamos piedras o, a lo sumo, vegetales.

Donde se dice habitualmente “discriminación” con el rédito político suplementario de transformar esta digna voz en una mala palabra y una mala acción corresponde, según el caso, usar “estigmatización”, “prejuicio”, “segregación”, “negación de justicia”, "menoscabo”, “restricción”, “humillación” y muchos más vocablos específicos para cada hecho particular. Por ejemplo, el machismo y la misoginia van juntos con menoscabo y opresión, lo cual es repudiable, pero discriminar entre mujeres y hombres, a ciertos efectos, es de enorme utilidad. No me pidan que les explique.

Utilizar los nombres adecuados para cada realidad concreta es el requisito para alcanzar nuestros fines, pues cada palabra estalla en una constelación de conceptos relacionados, tanto en lo intelectual como en lo emocional, y ello direcciona nuestras ideas. Esto, a su importancia teórica, aúna su utilidad práctica (“no hay nada más práctico que una buena teoría”), puesto que una diagnosis correcta pone en buen camino para corregir el problema: si los traumatólogos trataran como luxaciones todas las dolencias que podemos padecer en nuestras piernas, al cabo de algunos años la mayoría andaríamos rengos.

Tratemos de no quedar rengos del cerebro, que es peor.





lunes, 16 de julio de 2012

Lanata y la megaminería

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Ha sido muy positiva la iniciativa de Lanata de llevar a su programa, de tan amplia platea, la problemática de la megaminería. Para muchos televidentes habrá sido la primera vez que dedican un largo rato a informarse sobre el tema. Para ellos es un comienzo, y para otros es la oportunidad de reflexionar sobre las ideas vertidas.
Algunas, a mi entender, son erróneas, y es conveniente someterlas a análisis. Por ejemplo, la que estuvo presente varias veces, acerca de que los efectos negativos de la minería a cielo abierto pueden minimizarse “con un control adecuado”.
Otra, que también se reiteró, fue centrar los perjuicios en aquellos causados a los glaciares y las reservas de agua.
Pero una de las más contradictorias con el espíritu del movimiento ambiental fue la queja sobre que la provisión del 90% del agua a utilizarse en la futura explotación de Pascua-Lama será soportada por la Argentina: ¿significa eso que si el 90%, o el 100%, saliera de Chile estaría todo bien? ¿Eso es moral? ¿Eso es ecologismo? ¿Eso es humanismo? ¿Eso es solidaridad entre los pueblos? El planeta es uno, y los seres humanos somos iguales en todas partes: olvidar ambas cosas no puede llevarnos sino al sufrimiento y la destrucción.
Cada uno hará su evaluación sobre el mérito del programa de Lanata. Por mi parte, solo quiero comentar unas pocas cuestiones:
—La megaminería es muy dañina aunque se la “regule”, se la someta al “control adecuado” o se la realice con las “técnicas más seguras”. Se podrían hacer los diques de colas más impermeables y antisísmicos, los mineraloductos más resistentes y los procesos de separación de la mena y la ganga más limpios. Pero lo que no puede hacerse es evitar que la voladura de roca disperse toneladas de polvo que contiene toda clase de minerales, incluidos los más nocivos para la salud. Ese polvo se deposita en el suelo y en los cursos de agua o vuelve a ellos con la lluvia. Indefectiblemente, contamina el aire que respiramos, los vegetales o animales de los que nos alimentamos y el agua superficial o de napas— que bebemos. Más rápida o más lentamente nos envenena.
—Bonasso se quejó de que las mineras “dejan como regalía el 3%, mientras que en otros países es entre el 14 o el 30%”. Rechazo rotundamente ese planteo, que coloca a las regiones donde se realiza explotación minera en el papel de zonas de sacrificio, o sea, que mientras las mineras dejen más “beneficios”, ¡siga el negocio!; nosotros cobramos y otros mueren.
— Para finalizar, una referencia al ahogo financiero que el gobierno provincial inflige a Famatina, a causa de su resistencia a la entrada de la megaminería: “Le están haciendo la gran Scioli”, dijo Lanata. Ese tema nos concierne, aunque parezca lejano: están procurando quebrar a un pueblo digno, que lucha por su salud, su ambiente y sus modos y medios de vida. Entendamos: si se lo hacen a ellos, nos lo hacen a nosotros, y no debemos permitir que la codicia avasalle a quienes en este momento les toca poner el cuerpo:

¡SOLIDARIDAD CON FAMATINA Y TODOS LOS PUEBLOS QUE RESISTEN!



viernes, 13 de julio de 2012

Grande es pequeño


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El Pequeño Embrollón

Deslustrado


Parece que mejora un poquito, pero enseguida tiene una recaída brutal. Hablo de Alfredo Grande. Y presento una de sus adulteraciones clásicas: " 'El hecho maldito del país burgués', según la certera definición de William Cooke", dice, refiriéndose al peronismo *. Que es algo parecido a eso, pero diametralmente distinto, o sea "el hecho burgués del país maldito".

País maldito, país riquísimo saqueado y envilecido por el peronismo desde hace sesenta y nueve años. País que debería estar en la cúspide, por la relación entre recursos y cantidad de habitantes, y que cada año se hunde otro poco, con el nacionalismo burgués (nacionalismo burgués, ¿eh, Grande?) controlando los hilos. Sesenta y nueve años.

Y luego Grande se enreda en retruécanos que hacen la delicia de quienes no quieren cambiar. Que no les importa ir cayendo hasta tanto se estrellen en el suelo. Son gustosos esos retruécanos: algo dicen, quién sabe qué. Cada uno puede leer lo que le gusta. Mientras.

Porque siempre hay un mientras y un hasta. Como en el '73-'76, o en los noventas.

Pero, ¡ay!, no solo de juegos de palabras vive el hombre. Y cuando Grande se descuida, se sale de ellos. Y dice cosas como esta: "En cierto sentido, es cierto que a la izquierda del kirchnerismo solo está la pared". ¡Y dice verdad! "En cierto sentido": en el sentido contrario. Porque lo cierto es que a la derecha del peronismo solo está la pared. Hablo de la derecha operativa, sustentable. No de la declamatoria. Hablo de la derecha que consigue que en un país que produce alimentos para trescientos millones haya mucha gente desnutrida y malnutrida; que la mayoría de los jubilados perciban haberes de hambre; que el 40% de los trabajadores estén en negro (¡después de nueve años de gobierno nacypop); que las multinacionales se lleven impunemente la riqueza y dejen la destrucción; que los funcionarios políticos de todo nivel roben a manos llenas. Y que tras estas cosas y otras más, logre ganar las elecciones "APDV".

Y Grande no lo niega: “Pero la brecha entre los ricos y los pobres aumenta”, admite. Sin embargo, después de todo esto, y después de sesenta y nueve años, se pregunta, angustiado, ¿qué será el peronismo?

A mí hace tiempo que Grande dejó de causarme gracia.


* "Ni tan maldito, ni tan burgués": http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=7242:ni-tan-maldito-ni-tan-burgues&catid=35:noticia-del-dia&Itemid=106

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miércoles, 11 de julio de 2012

¡Toda una estadista!

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¡INADI, teléfono!
 
 ¡Uy, cómo se reía Timerman con lo de "miren al pelado ese"!

“Hoy me pegué un susto bárbaro a la mañana, la verdad. Recibo entre todos los diarios locales, además, El País, de España, el más importante de la Madre Patria, casi dos millones de lectores.
Miren lo que era la tapa, la traje por si ustedes no la vieron: ‘La UE pone bajo tutela a España’, miren al pelado ese.
Ustedes saben que la UE es la Unión Europea. Han intervenido el Banco Central y ahí está el pelado con el dedo señalando. Me trajo unos recuerdos que casi me amargan el desayuno, me quedé con la tostada atragantada.”
 
Cristina Fernández de Kirchner, 11-7-12.
 
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La más extrema derecha POSIBLE


“Necesitamos reconocer que no sabemos, que hay que buscar, que así no vamos a ninguna parte”: esta es la única frase de Caparrós en su nota “Ya pasó” que creo necesario corregir: “No vamos a ninguna parte”, no. Vamos a otra hecatombe. Que incluye una calamidad que el propio Caparrós señala: “Lo peor de este gobierno es que, cuando termine, habrá servido para deslegitimar cualquier discurso de cambio por mucho tiempo”.
En eso habrá que reconocer el éxito de algunos pícaros que dicen que este gobierno es de izquierda, siendo que es la más extrema derecha posible (no la fantaseada por algún cavernícola).
Así las cosas, les dejo otro párrafo de dicha nota, y la invitación a leerla en su totalidad:

¿Cuántas veces se puede descubrir que hay un relato que disfraza la realidad y que el poder político miente y los ciudadanos tratan de creerle mientras pueden y que la Argentina desperdició otra de sus numerosas oportunidades de repensarse y rehacerse, perdida en la codicia de unos pocos y la complacencia de demasiados?



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jueves, 28 de junio de 2012

El capitalismo hace felices a los chanchitos

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¿Qué es el capitalismo?
“Qué es el capitalismo sino esto que estamos haciendo acá: producir cerdos para que alguien los consuma.”

¿Y los chanchitos?: felices
“Así que como verán los chanchitos son muy parecidos. Hay unos chanchitos más lindos, otros más feos, pero bueno todo chanchito está feliz.” (APLAUSOS).

cfk, 27-6-12.
http://www.presidencia.gob.ar/discursos/25947-acto-de-inauguracion-de-un-emprendimiento-de-produccion-porcina-en-la-localidad-de-juan-llerena-departamento-pedernera-provincia-de-san-luis-palabras-de-la-presidenta-de-la-nacion
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lunes, 25 de junio de 2012

Del autor de "Pobre, PERO honrado", llega...




Aunque suene increíble, el autor de esta infamia es tenido por algunos como "de izquierda".
Se llama kalvellido, y es tan, pero tan revolucionario que usa la "k" en lugar de la "c" y la "q", ¡y hasta escribe su seudónimo con minúscula!
Sin duda, kalvellido es de los que dicen (ante un político rico) "ese no va a robar porque ya está hecho", pero eso es porque aún no leyó a Balzac, quien escribió: "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen" (L’Auberge Rouge, 1832).
Con temor, y en voz bajita y temblorosa (como para mí, solamente), yo digo: "Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido" (Malcolm X).
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El idiota no era taaan idiota


Los ascensores en mi edificio estaban clausurados en espera de una inspección. Yo iba bajando por la escalera, cuando al pasar por el palier de cierto piso vi que salía de su departamento y cerraba la puerta con llave el Joven Idiota: idiota, maleducado, grosero, pelotudo. Seguí bajando, a mi ritmo, y él me seguía unos escalones detrás. En un momento dado dejé de oír sus pasos por unos instantes, mientras yo continuaba el descenso. Cuando casi llegaba a la altura de otro palier empecé a oír que bajaba ruidosamente, a grandes trancos. Me abrí entonces, cediéndole paso, y me dejó atrás sin decir gracias, ni saludar, como corresponde a todo idiota maleducado. Sin embargo, tuve que reconocerle que hizo unos cálculos bastante precisos para no tener que pasarme en el estrecho espacio de la escalera, con el compromiso de pedirme permiso, decirme gracias o saludar: hizo sus cuentas por el ruido de mis pisadas y llegó a la par mía en medio del amplio palier, lo cual —a su modo de ver— le permitió prescindir de toda emisión vocal. 
Lo dicho: es maleducado, grosero y pelotudo —de ello ha dado innumerables pruebas—, pero no es taaan idiota.

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sábado, 23 de junio de 2012

La salud de los enfermos


Una señora habla por teléfono al sanatorio y pregunta si puede averiguar por una paciente.
—¿Cómo se llama y en qué cuarto está? —pregunta la telefonista.
—Nora Gómez, cuarto 302.
—Permítame ponerla en espera, mientras hablo con la enfermera del piso.
Al rato:
—Tengo buenas noticias, la enfermera está con ella y me dijo que Nora va muy bien y que la darán de alta en cuarenta y ocho horas.
—Qué alegría, ya estaba preocupada, Dios la bendiga.
—Fue un placer ayudarla. Perdón, ¿Nora es familiar suya?
—No, Nora, soy yo, la del cuarto 302, lo que pasa es que estaba internada por el PAMI y nadie me respondía cuando tocaba el timbre. No me daban remedios, ni me servían comida, la enfermera no venía a verme y el médico hacía tres días que no aparecía, entonces decidí venir a mi casa, llamar para saber cómo estoy y para averiguar si alguien se dio cuenta de que me fui. Muchas gracias.
 

jueves, 21 de junio de 2012

Vi llorar a Chomsky


Este extenso artículo (es extenso, felizmente) es muy interesante porque no trata sobre Chomsky, aunque lo nombre a menudo. Trata sobre el mundo. Y nosotros.

Vi llorar a Noam Chomsky

Por Fred Branfman
Salon

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


—Descubrí horrorizado que los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. habían estado bombardeando clandestinamente a esos pacíficos aldeanos durante cinco años y medio, forzando a decenas de miles a refugiarse bajo tierra y en cavernas, donde se vieron obligados a vivir como animales.
—Crecí creyendo en los valores estadounidenses, pero ese bombardeo de civiles inocentes violaba cada uno de ellos. Al mirar a los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. desde la perspectiva de un campo de refugiados laosianos, aprendí en pocas semanas que eran enemigos de la decencia humana, de la democracia, de los derechos humanos y del derecho internacional en el exterior, y que en este mundo real el poder daba derechos y el crimen rendía frutos.
—Para Noam esos campesinos laosianos eran seres humanos con nombres, caras, sueños y con tanto derecho a sus vidas como los que los aniquilaban con indiferencia. Pero para muchos de esos periodistas visitantes, por no hablar de los estadounidenses en su país, esos aldeanos eran “no-gente” anónima cuyas vidas no tenían ningún significado.
—Pregunté a Noam cómo se sentía al ser rutinariamente criticado por su concentración en crímenes de los dirigentes de EE.UU. y no en los de otras naciones. Dijo que pensaba que era apropiado que lo hiciera porque era ciudadano estadounidense, y los dirigentes de EE.UU. han cometido de lejos más crímenes de guerra en el extranjero que cualesquiera otros desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
—Me emocioné particularmente una noche mientras estaba sentado frente a él en la cena, impresionado como siempre por la enorme distancia entre lo que sabe Noam de la matanza de inocentes en todo el mundo por los dirigentes de EE.UU. y lo que sabe el público. Repentinamente pensé en el personaje Winston Smith del libro 1984 de Orwell, que ve poca esperanza de cambiar la sociedad y se concentra únicamente en el intento de mantenerse sano y escribir la verdad con la esperanza de que las futuras generaciones lo recuerden.
—Se sentía frustrado, por ejemplo, porque mucha gente no comprende cómo los dirigentes de EE.UU. al matar a cientos de miles de inocentes y al destruir la base misma de la sociedad sudvietnamita, habían realmente ganado en Indochina al destruir la posibilidad de que emergiera un modelo económico y social alternativo al de EE.UU.
—Chomsky (revela) el corazón despiadado de la maquinaria de guerra estadounidense… dispuesta a aniquilar a millones de seres humanos, civiles, soldados, mujeres, niños, aldeas, ecosistemas completos con métodos científicamente perfeccionados de brutalidad… Cuando el sol se ponga en el imperio estadounidense, como lo hará, como debe hacerlo, la obra de Noam Chomsky sobrevivirá…
—Y me ha quedado claro que una clave para comprender a Noam es que, por la razón que se sea, tiene menos defensas que el resto de nosotros contra el dolor del mundo. No tiene “piel”. Está eternamente atormentado, como yo lo estaba en Laos, por el sufrimiento de la “no-gente” y trabaja todo el tiempo para tratar de reducirlo.
—Si suficientes de nosotros hubiéramos trabajado como Noam para tratar de forzar a los dirigentes estadounidenses a que dejaran de matar y explotar a los inocentes durante los últimos 40 años, después de todo, innumerables personas podrían haber sido salvadas, y EE.UU. y el mundo serían no solo mucho más ricos, sino más pacíficos y más justos. No se dirigirían actualmente hacia el colapso de la civilización como la conocemos por el cambio climático.


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Hace cuarenta y dos años tuve una experiencia poco usual. Me hice amigo de un hombre llamado Noam Chomsky. Llegué a conocerlo como ser humano antes de darme cuenta completamente de su fama y del impacto de su obra. Desde entonces he pensado a menudo en esa experiencia, por la visión que me dio de su personalidad y, lo que es más importante, por los profundos problemas que afligen actualmente a nuestra nación y al mundo. En mi caso, su principal contribución ha sido su enfoque sobre cómo tratan los dirigentes de EE.UU. a una gran parte de la población del mundo como “no-gente” explotándola económicamente o iniciando guerras que han asesinado, han mutilado y han dejado sin techo a más de 20 millones de personas desde el final de la Segunda Guerra Mundial (más de 5 millones en Irak y 16 millones en Indochina, según estadísticas oficiales del gobierno de EE.UU.).

Nuestra amistad se forjó por nuestra preocupación por la “no-gente” cuando visitó Laos en febrero de 1970. Yo había estado viviendo en una aldea laosiana en las afueras de la capital, Vientiane, durante tres años y hablaba laosiano. Pero cinco meses antes me había conmocionado hasta la médula cuando entrevisté a los primeros refugiados laosianos llevados a Vientiane desde la Llanura de los Jarros en el norte de Laos, que había sido controlada por el Pathet Lao comunista desde 1964. Descubrí horrorizado que los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. habían estado bombardeando clandestinamente a esos pacíficos aldeanos durante cinco años y medio, forzando a decenas de miles a refugiarse bajo tierra y en cavernas, donde se vieron obligados a vivir como animales.

Me habían hablado de innumerables abuelas abrasadas vivas por el napalm, innumerables niños enterrados vivos por bombas de 250 kilos, padres despedazados por bombas antipersonas. Percibí la metralla de aquellas bombas que aún quedaba en los cuerpos de los refugiados que tuvieron la suerte escapar, entrevisté a personas cegadas por las bombas, vi heridas de napalm en los cuerpos de los niños. También me contaron que los bombardeos estadounidenses de la Llanura de los Jarros habían convertido en un páramo una civilización de unos 700 años de 200.000 personas, y que sus principales víctimas fueron ancianos, padres y niños que tuvieron que permanecer cerca de las aldeas, no los soldados comunistas que podían moverse por los densos bosques y eran difícilmente detectables desde las alturas. Y también descubrí enseguida que los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. habían perpetrado esos bombardeos unilateralmente sin informar siquiera, por no hablar de obtener el consenso, al Congreso o al pueblo estadounidense. Y me di cuenta de que esos refugiados devastados de la Llanura de los Jarros eran los afortunados. Habían sobrevivido a los bombardeos estadounidenses –que no solo continuaban sino aumentaban– al contrario de otros cientos de miles de laosianos inocentes. Crecí creyendo en los valores estadounidenses, pero ese bombardeo de civiles inocentes violaba cada uno de ellos. Al mirar a los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. desde la perspectiva de un campo de refugiados laosianos, aprendí en pocas semanas que eran enemigos de la decencia humana, de la democracia, de los derechos humanos y del derecho internacional en el exterior, y que en este mundo real el poder daba derechos y el crimen rendía frutos. Por mucho que uno creyera que EE.UU. era una “nación de leyes, no de hombres”, era evidentemente una nación de hombres crueles, brutales y desaforados en Laos.

Sin ninguna decisión consciente por mi parte, me comprometí inmediatamente a hacer todo lo posible por detener ese inimaginable horror. Como judío inmerso en el Holocausto, me sentí como si hubiera descubierto la verdad de Auschwitz y Buchenwald mientras la matanza continuaba. Pronto me vi trabajando sin descanso para llevar a todas las personas que pude -incluidos periodistas como Bernard Kalb de CBS, Ted Koppel de ABC, Flora Lewis del New York Times– a los campamentos con la esperanza de que informaran de los bombardeos para denunciarlos ante el mundo.

Un día oí que tres activistas contra la guerra –Doug Dowd, Richard Fernandez y Noam Chomsky– pasaban una noches en el Hotel Lane Xang, en Vientiane, antes de tomar el avión de la Comisión Internacional de Control (ICC) para una visita de una semana a Hanoi. (La única manera de ir a Hanoi entonces era a través de Phnom Penh.) Llamé a una de sus habitaciones, me presenté, y Noam fue a cenar el día siguiente a la aldea en la yo vivía, con la intención de partir a Hanoi el día siguiente.

Pasé la mayor parte de los años sesenta en Medio Oriente, Tanzania y Laos y sabía relativamente poco de Doug, Dick o Noam, aunque sabía que Noam era un lingüista famoso y había escrito bastante sobre la guerra de Indochina. Mi idea en ese momento era informarlos de la gravedad de los bombardeos, con la esperanza de que pudieran hacer algo al respecto.

Personalmente, Noam me gustó de inmediato. Era cortés pero apasionado –compartíamos esta última característica– y evidentemente compasivo. Uno de los motivos por los que los bombardeos me habían horrorizado tanto era que llegué a conocer a los laosianos como personas al vivir en la aldea durante los tres años anteriores, en particular a un anciano de 70 años llamado Paw Thou Douang, a quien llegué a querer como a un segundo padre. Era amable, sabio, apacible, y lo respetaba tanto como al que más, que hubiera conocido. Me impresionó sobre todo la calidez con la que Noam se relacionó con Paw Thou durante la cena con él y su familia. Claramente sintió de inmediato una afinidad con ellos que no había visto en muchos otros visitantes que había llevado a la aldea. También mostró una curiosidad concentrada en los detalles de lo que estaba sucediendo en Laos, a la cual me encantó responder.

Al día siguiente los tres visitantes descubrieron novedades inquietantes: el vuelo de la ICC a Hanoi se había anulado y el vuelo siguiente tardaría una semana. Los tres tenían sus agendas llenas y comenzaron a hacer planes para volver a casa en esa semana. Sin embargo sugerí a Noam que tal vez le gustaría quedarse. Dije que podía organizar entrevistas con los refugiados de los bombardeos, con funcionarios de la embajada de EE.UU. y del gabinete laosiano, con el primer ministro Souvanna Phouma, con el representante del Pathet Lao y con un antiguo guerrillero, como hice con los medios de comunicación. Desde su perspectiva era una oportunidad especial de informarse sobre la guerra secreta de EE.UU. en Laos; desde la mía, parte de mi esfuerzo por hacer que los bombardeos fueran conocidos por el mundo con la esperanza de que terminaran.

Noam estuvo de acuerdo, y creo que ambos tuvimos una de las experiencias más singulares de nuestras vidas –él, en el asiento trasero de mi motocicleta, yo, llevándolo por las calles de Vientiane, mientras él trataba de averiguar lo más posible sobre la guerra de EE.UU. en Laos, que hasta ese momento apenes se conocía en el mundo exterior. Richard Nixon tardó un mes más en admitir por fin que EE.UU. había estado bombardeando Laos durante los seis años anteriores, aunque él y Henry Kissinger siguieron mintiendo al afirmar que los bombardeos solo afectaban a objetivos militares.

Tengo una serie de recuerdos particularmente vívidos de Noam de la semana que pasamos juntos. Uno es de cuando lo observé leyendo un periódico. Miraba una página, parecía memorizarla, y un segundo después la daba vuelta y miraba la página siguiente. En una ocasión le di a leer un libro de 500 páginas sobre la guerra de Laos cuando eran casi las 10 de la noche, a la mañana siguiente me reuní con él para desayunar antes de nuestra visita al funcionario de asuntos políticos Jim Murphy en la embajada de EE.UU. Durante la entrevista se mencionó el asunto de la cantidad de tropas norvietnamitas en Laos. La embajada afirmó que habían llegado 50.000, en circunstancias en que la evidencia mostraba claramente que no habría más de algunos miles. Casi me caigo de la silla cuando Noam citó una nota al pie que aclaraba ese punto, a varios cientos de páginas del comienzo del libro que le había dado la noche antes. Había oído antes el término “memoria fotográfica”, pero nunca la había visto en acción de manera semejante, o que fuera utilizada de un modo tan útil. (Curiosamente, Jim mostró a Noam documentos internos de la embajada que también confirmaban la cifra inferior, lo que Noam citó posteriormente en su largo capítulo sobre Laos en La Guerra de Asia.)

También me impresionó su modestia. Casi tenía aversión a hablar de sí mismo, al contrario de la mayoría de las “celebridades” periodísticas que había conocido. Tenía poco interés en charlas intrascendentes, rumores o discusiones de personalidades, y se concentraba casi enteramente en los temas en cuestión. Restaba importancia a su trabajo lingüístico, diciendo que carecía de importancia en comparación con la oposición a los asesinatos masivos que ocurrían en Indochina. No tenía ningún interés en conocer la tristemente célebre vida nocturna de Vientiane, los puntos de interés turístico o el descanso junto a la piscina. Estaba claramente motivado, un hombre con una misión. Me impresionó como un auténtico intelectual, un individuo utilizaba la cabeza. Y podía unirme a él. Yo también utilizaba la cabeza y tenía una misión.

Pero lo que más me impresionó fue lo que ocurrió cuando viajamos a un campamento que albergaba refugiados de la Llanura de los Jarros. Yo había llevado a docenas de periodistas y otras personas a los campamentos y descubrí que casi todos estaban emocionalmente distanciados de los sufrimientos de los refugiados. Fueran Bernard Kalb de CBS, Welles Hangen de NBC o Sidney Schanberg del New York Times, los periodistas escuchaban cortésmente, hacían preguntas, tomaban notas y luego volvían a sus hoteles para enviar sus artículos. Mostraban poca emoción o interés en lo que habían sufrido los aldeanos fuera de lo que necesitaban para escribir sus artículos. Nuestras conversaciones en el coche al volver a sus hoteles usualmente tenían que ver con la cena de esa noche o los asuntos del día siguiente.

Por lo tanto me sorprendió cuando, mientras traducía las preguntas de Noam y las respuestas de los refugiados, de repente le vi perder y control y empezar a llorar. No solo me impresionó que casi todas las personas a las que llevé a los campamentos estuvieran tan resguardadas de la que era, después de todo, la reacción más natural de mundo, sino el propio Noam, que me había parecido tan intelectual, tan absorto en el mundo de las ideas, palabras y conceptos y que pocas veces expresaba sus sentimientos sobre las cosas. En aquel momento de di cuenta de que estaba viendo su alma. La imagen de su llanto en ese campamento no me ha abandonado jamás.

Uno de los motivos por los que me impresionó su reacción fue que no conocía a esos laosianos. Para mí, que había vivido con ellos y amé mucho a gente como Paw Thou, era relativamente fácil comprometerme en el intento de detener los bombardeos. Pero he sentido respeto no solo ante Noam, sino ante los muchos miles de estadounidenses que pasaron tantos años tratando de detener la matanza de indochinos que no conocían en una guerra que nunca vieron.

Mientras conducíamos de vuelta del campamento ese día, se mantuvo silencioso, todavía conmovido por lo que le habían contado. Había escrito extensamente sobre la guerra de EE.UU. en su país. Pero era la primera vez que veía a sus víctimas cara a cara. Y en el silencio se forjó un lazo silencioso entre ambos que nunca hemos discutido.

Cuando pienso en mi vida siento que fui mejor persona durante aquel período de lo que he sido antes o después. Y me di cuenta de que en esos días ambos veníamos del mismo lugar: En comparación con el Calvario desmesurado de esa gente inocente, amable, bondadosa –y de tantos otros– todo lo demás parecía trivial. Una vez que uno sabía que estaba muriendo gente inocente, ¿cómo podía justificar ante sí mismo hacer otra cosa que tratar de salvar sus vidas?

Y me di cuenta en el silencio de ese viaje en auto de que fuera de la persona pública de Noam, como el intelectual de los intelectuales, que se basaba en los hechos y la razón para demostrar sus argumentos, había un ser humano con profundos sentimientos. Para Noam esos campesinos laosianos eran seres humanos con nombres, caras, sueños y con tanto derecho a sus vidas como los que los aniquilaban con indiferencia. Pero para muchos de esos periodistas visitantes, por no hablar de los estadounidenses en su país, esos aldeanos eran “no-gente” anónima cuyas vidas no tenían ningún significado.

Cuando volví a EE.UU., Noam y yo nos mantuvimos en contacto regular mientras duró la guerra. Noam me impresionó más cuando comencé a leer su obra y me di cuenta de que nadie escribía con tanto detalle, con tanta lógica y con tan profundo entendimiento, tanto sobre los horrores de la guerra como sobre el sistema que los produce. Pero lo que me impresionó todavía más respecto a él –y respecto a su amigo Howard Zinn, de la Universidad Boston– fue que iban más allá de lo escrito y de lo que decían y que realmente se arriesgaban al oponerse a ese sistema.

Noam y Howard formaban parte de mi “grupo de afinidad” durante las manifestaciones del Día del Trabajo en las que miles de personas fueron arrestadas y estuvimos en celdas contiguas en la prisión durante la acción de desobediencia civil Redress en Washington. También supe que Noam era un dirigente de Resist, un grupo que promovía la resistencia al servicio militar y al pago de impuestos para la guerra, y que habría sido procesado si no hubiera tenido lugar la Ofensiva del Tet. Había estado hablando contra la guerra desde 1963, antes de que la mayoría de nosotros hubiésemos oído hablar de ella. Y había soportado numerosas amenazas de muerte y una amplia variedad de dificultades hasta el punto de que su esposa, Carol, volvió a estudiar para desarrollar una profesión en caso que a Noam le pasara algo que le impidiera seguir manteniendo a sus tres hijos.

Cuando terminó la guerra tomé una decisión nefasta. En lugar de seguirme oponiendo al próximo conjunto de horrores que causaban los dirigentes de EE.UU., me decidí a trabajar en el interior para reemplazarlos por una nueva generación de dirigentes que se opusieran a la guerra y promovieran la justicia social. Pasé los 15 años siguientes en política interior, con Tom Hayden y la Campaña por la Democracia Económica, como funcionario a nivel de gabinete con el gobernador Jerry Brown, en el think tank del senador Gary Hart, y reorientando Rebuild America, con la asesoría de muchos de los mejores economistas y dirigentes empresariales de EE.UU.

Solo tuve contactos esporádicos con Noam durante ese período. En parte porque ahora nuestros intereses divergían. Él siguió produciendo artículos, libros y discursos denunciando y oponiéndose a la política asesina de EE.UU. en Timor Oriental, las guerras terroristas de Reagan en Centroamérica, las desastrosas políticas económicas de Clinton en Haití y otras naciones del Tercer Mundo y el bombardeo de Kosovo; y el asunto que parecía apasionarlo al máximo: el patrocinio de EE.UU. a Israel para el maltrato de los palestinos. Esas preocupaciones estaban alejadas de mi enfoque en la política electoral y en temas interiores como la energía solar y el desarrollo de una estrategia económica nacional.

En retrospectiva, sin embargo, me doy cuenta de que jugaba un factor bastante inconsciente: tendía a evitar a Noam porque me sentía inmoral por haber abandonado la tarea de intentar salvar vidas y por entrar a un sistema político comprometido y corrupto. A menudo me vi manteniendo diálogos defensivos con él en mi cerebro, tratando de justificarme, que se endurecían a medida que fracasaban los esfuerzos electorales con los que estaba asociado, y me encontraba mucho más orientado hacia mi ego que durante la guerra.

Después de más de una década estuve en Boston y llamé a Noam. Me invitó calurosamente a su casa y conversamos un rato. Finalmente le pregunté cómo se sentía respecto a mi participación en la política electoral. También mencioné que estaba en la casa de un antiguo amigo progresista que trabajaba para un banco importante y me había dicho por la mañana que no quería ver a Noam porque suponía que este lo pondría por el suelo. Noam se mostró genuinamente impresionado por la historia. “¡Vaya!, estamos todos comprometidos”, dijo. “Míreme a mí. Trabajo en el MIT, que ha recibido millones del Departamento de Defensa”. Pareció verdaderamente intrigado y dolido porque mi amigo o yo pudiésemos pensar que nos denigraría por lo que estábamos haciendo.

En los últimos años me he mantenido en contacto regular con Noam, sobre todo por correo electrónico, pero también cuando estuve en su casa durante 10 días antes de asistir al servicio conmemorativo de Howard Zinn el 3 de abril de 2010. Fue un período profundamente emocional para ambos, particularmente para Noam, que tenía profundos lazos con Howard, y la visita me impresionó profundamente.

Encontré esencialmente al mismo Noam que conocí hacía 40 años. Ningún interés en charlas intranscendentes. Modestia. Indignación ante la continua negativa de los intelectuales y periodistas estadounidense a tomar posición ante los crímenes de guerra de los dirigentes de EE.UU. Grandes temas morales de nuestra época. Un tipo agradable que me ofreció recogerme de una reunión en Cambridge, o para ir a buscar algunos comestibles en el supermercado para una de nuestras comidas.

Pregunté a Noam cómo se sentía al ser rutinariamente criticado por su concentración en crímenes de los dirigentes de EE.UU. y no en los de otras naciones. Dijo que pensaba que era apropiado que lo hiciera porque era ciudadano estadounidense, y los dirigentes de EE.UU. han cometido de lejos más crímenes de guerra en el extranjero que cualesquiera otros desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estuve de acuerdo, señalando que hay tantos destacados intelectuales públicos y periodistas que critican a dirigentes extranjeros, y tan pocos que se atreven a señalar los crímenes de guerra cometidos por los de su propio país.

Y, como 40 años antes, me impresionó sobre todo su incansable trabajo. Pasaba casi todo su tiempo leyendo, escribiendo, siendo entrevistado en persona o por teléfono, hablando y, en un acto de generosidad por el cual es particularmente conocido, respondiendo continuamente un torrente interminable de mensajes, a menudo hasta cinco o seis horas diarias.

Y, descubrí que sigue dando conferencias por todo el país y en todo el mundo, hasta el punto que su agenda está usualmente repleta durante años. Con 82 años mantiene un programa que abrumaría a alguien con 40 años menos.

También me impresionó su ascetismo. Cuando lo llamé por teléfono me di cuenta que tenía el mismo número de teléfono y vivía en la misma modesta casa de hacía 40 años. Usa jeans, y no tiene virtualmente interés alguno por los alimentos o posesiones materiales. Periódicamente le visitan sus amigos y familiares, pero no realiza otras actividades en su tiempo libre.

Me emocioné particularmente una noche mientras estaba sentado frente a él en la cena, impresionado como siempre por la enorme distancia entre lo que sabe Noam de la matanza de inocentes en todo el mundo por los dirigentes de EE.UU. y lo que sabe el público. Repentinamente pensé en el personaje Winston Smith del libro 1984 de Orwell, que ve poca esperanza de cambiar la sociedad y se concentra únicamente en el intento de mantenerse sano y escribir la verdad con la esperanza de que las futuras generaciones lo recuerden. Dije a Noam que para mí, en ese momento, él era Winston Smith.

Siempre recordaré su reacción.

Me miró.

Solo me miró.

Y sonrió tristemente.

Noam puede ser duro con los que apoyan el belicismo de EE.UU., pero todavía es más duro consigo mismo. En una ocasión mencioné que había preguntado a un activista político de toda la vida del que ambos habíamos sido amigos si, considerando su vida, sentía algún remordimiento. Nuestro amigo había respondido que querría haber pasado más tiempo con su familia y haber seguido algunos de sus intereses no políticos. “¿Siente algún remordimiento?” pregunté a Noam. Su respuesta me chocó. Más para sí mismo que para mí, respondió: “No hice lo suficiente”.

En otra ocasión pregunté a Noam cuánta satisfacción le causa haber escrito tantos libros, haber creado un nuevo campo lingüístico, ser tan influyente en todo el mundo. “Ninguna”, respondió sombríamente, y explicó que piensa que no había sido realmente capaz de convencer a suficiente gente para que comprendiera el verdadero trato salvaje y brutal que dan a la no-gente de todo el mundo los dirigentes de EE.UU. Se sentía frustrado, por ejemplo, porque mucha gente no comprende cómo los dirigentes de EE.UU. al matar a cientos de miles de inocentes y al destruir la base misma de la sociedad sudvietnamita, habían realmente ganado en Indochina al destruir la posibilidad de que emergiera un modelo económico y social alternativo al de EE.UU.

Una noche, cuando subía a mi dormitorio, miré al despacho de Noam. Esos días pasaba el tiempo en su casa sentado en una gran silla de escritorio frente a su ordenador y su posición me recordó sobre todo la de un monje budista meditando.

Y entonces me impactó.

Repentinamente me di cuenta: “Noam ha estado viviendo, durante los últimos 40 años, como yo lo hice brevemente durante la guerra. Ha estado trabajando todo el tiempo, leyendo, escribiendo, hablando, sin desperdiciar un minuto, concentrado en el intento de detener la matanza de EE.UU., para obligar al mundo a comprender los sufrimientos de la ‘no-gente’”

Y, no me avergüenza decirlo, sentí un gran amor por él en ese momento. Y un entendimiento profundo. Hasta donde me da la memoria, desde que leí sobre “Mahatma” Gandhi, me había preguntado cuál era el verdadero significado del término “Gran Alma”. Y en ese momento terminé por comprenderlo. Si parte de ser un “Gran Alma” es reaccionar ante el sufrimiento humano de los que no tienen voz, y entregar toda su mente, su cuerpo y su alma a intentar reducirlo, finalmente había encontrado una. La tradición judía lo dice de otra manera, en la leyenda de los 36 “Hombres Justos” quienes –sin saberlo– mantienen en algún momento la vida de la humanidad. Si Noam no es uno de esos 36, me pregunté, ¿quién lo es? También me recordó a los muchos que han comparado a Noam con honrados profetas del Antiguo Testamento como Amos o Jeremías, quienes también criticaron con gran enfado a los gobernantes corruptos de sus tiempos, cuyos nombres ni siquiera recordamos.

Aunque hay gente decente que puede no estar de acuerdo con algunas de las posiciones que Noam ha adoptado en los últimos 40 años, sentí que en ese momento, en la escalera de su casa, semejantes controversias parecían irrelevantes para apreciar quién es y lo que representa. Me di cuenta de que mientras yo, como la mayoría de la gente que conozco, hemos oído los gritos de las víctimas de las guerras de EE.UU. durante las últimas décadas, Noam no ha podido olvidarlos.

Durante mi estadía con Noam lo visitó la famosa escritora india Arundhati Roy quien, como tantos no estadounidenses de todo el mundo, evidentemente sentía un inmenso respeto, admiración y amor hacia su persona. Solo comprendí lo que significaba para ella, sin embargo, cuando leí estas palabras de su capítulo “La soledad de Noam Chomsky”: “Chomsky (revela) el corazón despiadado de la maquinaria de guerra estadounidense… dispuesta a aniquilar a millones de seres humanos, civiles, soldados, mujeres, niños, aldeas, ecosistemas completos con métodos científicamente perfeccionados de brutalidad… Cuando el sol se ponga en el imperio estadounidense, como lo hará, como debe hacerlo, la obra de Noam Chomsky sobrevivirá… Como una posible ‘gook’ [nombre despectivo utilizado por los estadounidenses para los asiáticos, N. del T.] y, quién sabe, tal vez una gook en potencia, apenas pasa un día en el que no piense –por uno u otro motivo– ‘Chomsky Zindabad.’ (‘Viva Chomsky’)”.

Y descubrí que me preguntaba por qué, por qué el sufrimiento de las víctimas de los dirigentes de EE.UU. afecta tanto a Noam.

Durante la última década me he sumergido en la rama de la psicología que sostiene que la clave de gran parte de nuestra conducta es cómo ejecutamos inconscientemente traumas de nuestra temprana infancia en nuestras vidas adultas, en particular al saber que moriremos. Y descubrí que estaba tratando de comprender a Noam desde ese punto de vista.

He aprendido que nuestras vidas están impulsadas en gran parte por las defensas inconscientes que desarrollamos temprano contra el dolor emocional. Y me ha quedado claro que una clave para comprender a Noam es que, por la razón que se sea, tiene menos defensas que el resto de nosotros contra el dolor del mundo. No tiene “piel”. Está eternamente atormentado, como yo lo estaba en Laos, por el sufrimiento de la “no-gente” y trabaja todo el tiempo para tratar de reducirlo.

Y, a la inversa, cuando está con ellos se siente más vivo y el sentimiento interno estalla con más claridad a través de su persona intelectual.

Durante mi estadía con él pregunté a Noam a quién admira más en el mundo. Respondió describiendo varias visitas recientes a campesinos en áreas rurales de Colombia, que luchan por proteger las selvas húmedas contra la explotación. Noam pasó varios días escuchando y grabando sus historias de mucho dolor y mucho valor. En su visita más reciente subieron a un cerro y, dirigidos por los chamanes, realizaron una compleja ceremonia para dedicar un bosque a Carol. No lo había visto tan conmovido, vivo y emocionado desde hacía 40 años en Laos.

Recientemente recordé a Noam llorando en el campo de refugiados de Laos y de nuevo me pregunté por qué es de esa manera. ¿Qué, en su infancia o en su vida, puede haber sido la causa? Sin embargo, me fue imposible lograr mucho progreso en esa área. Porque Noam no solo protege su privacidad, sino que además no se interesa particularmente por explicaciones psicológicas o espirituales de la conducta humana. Aunque reconoce que la terapia ha sido útil para gente que conoce, considera que los intentos de explicar la conducta humana constituyen esencialmente “historias”. Cree que hay demasiadas variables involucradas en la comprensión de los seres humanos como para que el cerebro humano pueda compenetrarse realmente, por no hablar de la imposibilidad de realizar el tipo de experimentos controlados que puedan producir respuestas científicamente creíbles.

Y, uno sospecha, que Noam considera que dedicar demasiado tiempo a semejantes “historias” está fuera de lugar cuando tantos seres humanos reales sufren y la organización de movimientos masivos es la única esperanza de salvarlos.

Si suficientes de nosotros hubiéramos trabajado como Noam para tratar de forzar a los dirigentes estadounidenses a que dejaran de matar y explotar a los inocentes durante los últimos 40 años, después de todo, innumerables personas podrían haber sido salvadas, y EE.UU. y el mundo serían no solo mucho más ricos, sino más pacíficos y más justos. No se dirigirían actualmente hacia el colapso de la civilización como la conocemos por el cambio climático. Noam cree que la mayor responsabilidad de esto yace en un sistema corporativo impulsado a corto plazo que considera el cambio climático como una “externalidad”, es decir, un problema para que se preocupen otros. Pero también es obvio que el que ese hecho no sea suficiente para que el resto de nosotros, ciertamente incluyéndome a mí, reaccionemos adecuadamente ante la amenaza de la muerte de la civilización, también es una parte importante del problema.

Y así terminé por comprender que la pregunta importante no es por qué Noam reacciona de la forma en que lo hace ante los sufrimientos de los inocentes de todo el planeta.

Es por qué no lo hacemos los demás.

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Los escritos de Fred Branfman se han publicado en New York Times, Washington Post, New Republic y otras publicaciones. Es autor de varios libros sobre la Guerra de Indochina.

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Fuente: http://www.salon.com/2012/06/17/when_chomsky_wept/

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