*http://www.clarin.com/politica/titulo_0_593340717.html
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"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace; ganémosla de pensamiento." José Martí.
Bonasso: "Regalías, más control, más que se jodan los chilenos, y esto es fiesta".
Foto: Télam.
La historia se repite.
.Cerro Vanguardia. Foto: www.cerrovanguardiasa.com.ar
Aunque la noticia aún no ha trascendido a la prensa, eso se deduce clínicamente de su texto “La discreta impunidad del voto”*, pues los desvaríos e incoherencias en que incurre son propios del desbarajuste en las ideas que precede a los síntomas más graves del ACV. Y digo “otro”, porque los tiene recurrentes: ¿se acuerda, por ejemplo, de lo que dijo de Mujica el año pasado? Bueno, vamos al grano, veamos qué dice ahora:
“Resulta poco digerible o directamente vomitivo que los tres vices del kirchnerismo sean de derechas”. Sí, leyó bien: “vomitivo”, que “los tres vices” sean de derechas. ¿Y los titulares? ¿Filmus, Scioli, Cristina Fernández, qué son? ¿Y los diputados, los gobernadores, los ministros, los intendentes?
Para no hacerla larga, hablemos solo de la zarina: ¿puede ser de izquierda alguien que se enriqueció ejecutando deudores hipotecarios, mientras otros argentinos pagaban con su vida enfrentar a la dictadura? ¿Puede no ser de derecha quien desde la presidencia malversa los recursos del Estado mediante los más torpes negociados (como los de los terrenos de El Calafate) y quien ha llevado al extremo la entrega del país a la voracidad de las multinacionales, en desmedro de la salud y el futuro de sus habitantes?
Y Grande remata así ese párrafo: “Me encantaría ser peronista para hacer tronar el escarmiento ante tanta burla al legado de Evita”. El legado de Evita (más allá de su fortuna, motivo de interminables disputas judiciales en tribunales de la Argentina y de Europa) es el peronismo. Es lo que el peronismo ha hecho y hace y el “manual de procedimientos” de que se vale para perpetrarlo: es un legado tangible, material, verificable. Es de mala fe hacer el cambiazo de ese legado cierto, operante, por otro que solo existe en el deseo o en la bruma del ensueño.
Grande dice aún algo más pernicioso: “Queda claro que el peronismo ya no será revolucionario, pero el dilema es qué será”. No, eso no es un misterio (ni mucho menos un “dilema”): “lo que será” no es algo que nos “sucederá”, como si se tratara de una lluvia de material volcánico o un invierno crudo: está aún por construirse; será lo que le dejemos ser, lo cual depende de nuestra conciencia, de lo que sepamos acerca del pasado y el presente reales del peronismo. Pero nada podremos cambiar si se nos sacraliza el “legado de Evita”, el cual no es ni más ni menos que la presente perversión de todas las prácticas políticas y la descomposición de los modos de convivencia social (al menos en el área metropolitana, que es lo que conozco bien): salga usted a la calle y verá en el cotidiano desprecio por el otro el reflejo de lo que los ciudadanos perciben como usos consagrados por nuestros gobernantes.
El daño que Grande produce con estas tergiversaciones de la realidad es más grave que lo que puedan tener de bueno sus aciertos puntuales o algún retruécano ingenioso, porque al respaldar la ideología, la mitología, la cultura y la metodología que el legado de Evita fusiona, nos condena a que en el futuro otros, colgándose de lo mismo, prosigan haciendo lo que hacen estos y lo que han hecho los anteriores:
[así] es seguro
que habrá más penas y olvido.
Juan del Sur.
¿Honrado? .
Carnaval, o la libertad-espectáculo
…defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y de los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres.
Mario Benedetti.
Donde hay público ya hay una postura, una representación para el afuera. Los insurrectos del Mayo francés tenían esta idea: “Proscribamos los aplausos; el espectáculo está en todas partes”.
Desde hace varios años, en Buenos Aires y su conurbano, y también en Montevideo, aunque en una medida menor, se ha instalado una concepción militante del carnaval. Qué digo militante: ¡heroica!
Sus más intrépidos portavoces declaran que el carnaval busca "romper con la hegemonía que ejercen los de arriba sobre los de abajo" y con “esa imposición de que solo hay que trabajar” y, además, “llama a un grito de todo lo que se está padeciendo y esto en algún momento se les viene en contra a los de arriba. Por eso, al carnaval se lo ha querido prohibir”.
Es cierto que se lo ha querido prohibir, y se lo ha prohibido, pero, ¿qué cosa no se ha prohibido a lo largo de la historia? Por ejemplo, Cronwell y los puritanos despotricaron contra las diversiones públicas y prohibieron el teatro y la ópera: Shakespeare estuvo prohibido en Inglaterra. Sin embargo, respecto del carnaval la tendencia no ha sido impedir su celebración, sino favorecerla.
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En la Noche de San Juan, cómo comparten su pan
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Para más datos, todas las “fiestas” en general han sido emplazadas en las sociedades más opresivas y petrificadas como válvulas de seguridad, un respiro para los de abajo ante la fatiga y la penuria sin horizontes.
Tanto es así que se pueden rastrear los antecedentes del carnaval en las más antiguas —y autocráticas— civilizaciones, como en Sumeria y en Egipto (Egipto: ¿le suena?), con referencias que se remontan a hace cinco mil años. Y fue la Iglesia Católica —que no es boba— la que de algún modo integró fiestas paganas a su celebración litúrgica mayor, la Pascua de Resurrección y la Cuaresma que la precede, fijando el carnaval en los tres días previos al Miércoles de Ceniza.
Por esa razón, en el ámbito cristiano el carnaval es un período de permisividad y cierto descontrol… organizado.
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Libertad con horario
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De modo que al lado de los fundamentalistas del “carnaval revolucionario” se pueden encontrar opiniones diferentes, como la de los que piensan que es el momento de autenticidad; no de ponerse la máscara, sino de sacársela, de mostrarse tal cual se es, soltarse, liberarse. Y también están los otros, los que lo toman como una oportunidad de tirar la chancleta. Y otros más, que no sin astucia recomiendan que “por cuatro días locos que vamos a vivir… ¡por cuatro días locos, te tenés que divertir”, o que “no hay que llorar, que la vida es un carnaval y las penas se van cantando”.
Pero lo asombroso de todos ellos es que, reconociendo en su modo de encarar el carnaval un valor superior o, al menos, apetecible, se resignan a confinarlo a unos pocos días del año, en lugar de desplegarlo a lo largo de toda su vida.
Si la perspectiva propuesta es lograr tres días de libertad contra trescientos sesenta y dos de agachar la cabeza, espérenme ahí, que voy, me suicido y vuelvo.
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La zorra rica al rosal
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Ya mencioné algo asombroso; aquí va algo más. Estoy pensando en esas personas de lo más humildes que tienen todo el año en la mira los días de carnaval, y le restan tiempo a sus intereses y a su descanso con el fin de obtener la caricia del aplauso de los burgueses y pequeñoburgueses (si no buscaran eso harían la fiesta puramente entre ellos). Y los burgueses y pequebús disfrutan de esa donación y terminado el carnaval, que te mueras. No, que te mueras, no; mejor, que sobrevivas hasta el próximo carnaval, así me divertís con tus cabriolas y tus coplas inofensivas. Y a ver si ponés un poquito más de energía (¿qué te pasa?: ¡parece que estuvieras desnutrido!) y también más imaginación; eso ya lo vi el año pasado.
Es el orgullo (orgullo alienado) de esos mansos: “¿Ven?: estamos en el escalón más bajo de la pirámide social, pero bien que les gusta venir a ver nuestras comparsas”.
O si van un poquito más lejos:
—¿Viste cómo se quedaron fríos cuando cantamos eso de “los gordos con sus cadenas de oro sosteniéndoles la panza”?
Sí, qué golpe duro.
Desesperados, no encontraron otra salida que ir tomar champán al bar de un hotel cinco estrellas.
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Carnaval Nac&Popó
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En tren de optar, ya lo he insinuado, prefiero trescientos sesenta y dos días de compromiso y de autenticidad, y consagrar los tres de carnaval a bailar y darle a la pandereta. Y hacer sonar pitos y matracas, también, qué joder: descontrol total, o sea.
Lo de presentar al carnaval como una gesta casi insurreccional es propio de las mistificaciones que promueve el populismo. Para mí, es como cantarle cuatro frescas al retrato del dueño de la empresa. Si vas a organizarte, que sea para plantear los reclamos en su ámbito propio, no en el efímero y equívoco de un corso.
Pero los que padecen esta recurrente inflamación de la glándula carnestolenda tienen más argumentos. Una tal “Comunidad del Carnaval” nos alecciona que “los Carnavales convocaron a más de un millón de espectadores por año”. “Un millón” posee el mérito santificante de la magnitud, según decía Bierce. “Un millón de personas llenó la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945”; “un millón de jóvenes peregrinaron a Luján”: y así, de millón en millón, estamos como estamos.
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Tristeza não tem fim
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Cada vez más, las cosas no se hacen por sí mismas, sino como espectáculo para otros o para que sean registradas por las cámaras de televisión. Cuando anunció “Deportes para Todos” la presidenta sostuvo que su “objetivo es que el pueblo vea eventos de cultura popular”. Es un compendio de ideas gratas al populismo: “deportes para todos” es que el pueblo vea en acción por TV a las elites hiperprofesionales de actividades que, como espectáculo, hace ya mucho que dejaron de ser deporte, y a esto lo llamaremos “cultura popular”.
Para mantenernos entretenidos y apartados de nuestra identidad social más profunda el populismo siempre está revolviendo en el tacho del interés falso y, parafraseando a Marcuse, de ese modo solo puede proporcionarnos, en el caso más favorable, la mejor felicidad falsa.
De eso se trata el carnaval: ¡la pucha!, el poder no solo nos ordena cuándo debemos estar con los morros metidos en la tarea, sino también cuándo divertirnos e, incluso, ser díscolos y atrevidos.
Temo que a usted lo haya empalagado toda esta cháchara. Por eso me despido con una cortita y al pie:
El que se divierte cuando se lo ordena el calendario, en realidad no se divierte: trabaja de divertirse.


Recipientes: en los de la izquierda estaban los manuscritos, y en el de la derecha, los disquetes.
Foto: “L’Osservatore Parmegiano”.
La autenticidad de los documentos ha sido casi unánimemente aceptada, con la excepción de investigadores que no la admiten por obvios celos profesionales y los que la rechazan por prejuicios ideológicos. La antigüedad del material, desde ya, está asegurada porque ese soporte hace muchísimo que dejó de usarse y, por otra parte, la sistemática referencia desde hace años, en los estudios bíblicos, a los “manuscritos del Mar Muerto” pone en evidencia el empeño de distinguirlos de otros registros, en formatos distintos, de cuya existencia ya se sospechaba o se tenía conocimiento, porque si sólo se hubiera practicado en aquella época aquel tipo artesanal de anotación sería ocioso subrayar el modo en que fueron producidos, y se hablaría simplemente de los escritos, o los textos, o los documentos del Mar Muerto. Recordemos que en los ya añosos dispositivos de almacenamiento magnético la información se guarda de manera digital, y no analógica.
En resumidas cuentas, los disquetes recogen las versiones circulantes en el vecindario de Nazaret —pueblito de Galilea— al tiempo del embarazo de María, basadas en dos hechos concurrentes: algunos comentarios esquinados y rencorosos de su marido, José, en el sentido de que él “no la había tocado”, y la familiaridad de María con los soldados del destacamento romano, particularmente con uno de ellos, muy apuesto.
La versión contenida en los floppy, hay que admitirlo, es, respecto de la que se lee en la Biblia, muy superior en cuanto a compatibilidad con los hechos históricos probados y, por otra parte, no requiere echar mano de incidentes milagrosos ni de fornicaciones con extraterrícolas.
Vayamos por partes: el relato que nos presenta el Nuevo Testamento no puede tener otro origen que los propios María y José, puesto que refiere sucesos privados de los cuales sólo ellos podían tener conocimiento, y que son los siguientes: María quedó embarazada sin haber tenido relaciones con su marido y, según Mateo (1. 18), “se halló que había concebido del Espíritu Santo”, extremo sólo acreditado, dicho sea de paso, por los alegatos de la declarante. Pues bien, José, bastante resentido, la quiso dejar, pero —continúa Mateo— el ángel Gabriel se le apareció en sueños y le explicó cómo eran las cosas, de modo que José la perdonó, “pero no la conoció hasta que dio a luz”. Si bien después de un parto sólo se puede hablar de virginidad en sentido metafórico —o espiritual, si se quiere—, el dato de que José la anduvo conociendo a María pone en tela de juicio también esta acepción. Volveremos sobre el tema al final.
En Lucas (1. 34), en cambio, el ángel se le aparece a María, diciéndole que tendrá un hijo: “¿Cómo será esto?, pues no conozco varón”, se asombra ella. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” —le responde el ángel— y lo que sea, será. Lucas no nos cuenta cuál fue la reacción de José ante la novedad.
Los floppy de 5 ¼ —o, más específicamente, uno de ellos— presentan una fuente histórica distinta a los dichos de María y José: un resumen de las habladurías del vecindario de la pareja. Según algunas mujeres —particularmente, las ancianas, se aclara— María era “muy salidora”, e iba a buscar agua a la fuente varias veces por día, y se entretenía charlando “con muy poco juicio” con los soldados romanos que merodeaban por allí a causa de que era un lugar muy concurrido por las mujeres. Las vecinas murmuraban, a veces ni siquiera a sus espaldas, pero cuando María tenía oportunidad les respondía con rudeza, ya que al parecer era “muy boca sucia”. Alguna llegó a aconsejarle que para darle otra orientación a su vida le convenía quedar embarazada, a lo cual respondió tajante: “¿Cómo será esto?, pues mi marido se la pasa cepillando… pero sólo la madera”.
Pero, así y todo, resulta que quedó gruesa, y que José, ceñudo, mascullaba su ajenidad al fenómeno. María se apercibió de que el cielo se le nublaba, no de nubes sino de piedrazos, y como no sólo era ligera de cascos sino de entendederas, le contó a José lo del travieso Espíritu. En este punto tenemos que conjeturar que a su marido, entre quedar como cornudo y sin mujer, y aceptarle el embuste, le convenía lo segundo, porque a su edad y con un antecedente de lapidación de su primera esposa su destino habría sido la soledad definitiva. Así que ambos salieron a propalar, con las discrepancias que recogió la Biblia, la versión que, por distintas razones, le convenía a cada uno, aunque sin poder acabar con las suspicacias.
Pero según la preñez iba llegando a término, María intuyó que el aspecto del recién nacido podía ser fuente de renovados problemas si se parecía al padre, ya que éste era un soldado del Imperio reclutado en las tribus del norte, así que urgió a José a emigrar bien lejos, lo cual los llevó hasta Belén.
En esto la historia construida por los redactores de la Biblia no es fiel a los hechos. Lucas (2. 1-3) dice que el viaje fue para cumplir con el censo ordenado por Cirenio (o Quirinio), pero estudios recientes demuestran que eso no es cierto pues las fechas no coinciden por años de diferencia. Por otra parte, que la Biblia no mencione el posible aspecto nórdico de Jesús no es suficiente para impugnar lo recogido en el floppy, sino que, por el contrario, bien podría ser un intento deliberado de esconder una cuestión que en su momento fue urticante.
Por último hay que observar otro traspié de la crónica oficial: los hermanos de Jesús (Lc. 8. 19, Mt. 12. 46, Mr. 3. 31-32), obviamente hijos de la Virgen María. A menos que el Espíritu Santo se haya aficionado, visitándola asiduamente, a ella ese asunto le queda un poco grande (lo de “virgen”). Si no fue así, los nazarenos que dejaron su testimonio en el floppy habrían dudado de que el anciano José se volviera fogoso con los años. Por eso, seguramente hubieran reflexionado que la primera infidelidad es la que más duele, y que después de que el anciano José decidió digerirla, las siguientes ni lo mosquearon.
(Traducido de “L’Osservatore Parmegiano”, 25-12-10, pág. 38.)